Como veo que el tema de coger siempre es una manera (burda, ya sé, sepan disculpar) de levantar los comments del blog...vamos con otro post cogible! jaja
A ver...qué es lo que usted considera material cogible? Desarrolle y ejemplifique.
Yo tengo muchas dudas existenciales al respecto...sobre todo luego de una conversación reciente con un amigo en la que me dijo que el problema era que yo me veía como una minita cogedora, o que no me veía como una minita cogedora, o cogible...no sé...ya me hice un lío?
Material cogible y material hacerelamorable, es lo mesmo...?
Ser cogedora y ser cogible, es lo mesmo...?
Ya sé que me van a contestar No y No, pero...usen un poquito esa materia gris que Dios les dio, hagan algún aporte tangible...
Obrigada again :)
miércoles, julio 25, 2007
viernes, junio 29, 2007
Hacer el amor y coger, es lo mesmo...?
Digo, es tan sólo una diferencia de sintaxis, dos significantes, mesmo significado?
O son dos cosas diferentes? Me explican, por favor, que yo soy chiquita y no entiendo mucho todavía...?
Gracias!
O son dos cosas diferentes? Me explican, por favor, que yo soy chiquita y no entiendo mucho todavía...?
Gracias!
Etiquetas:
El amor en los tiempos de la silicona
miércoles, enero 17, 2007
Amas de casa desesperadas
Royal expressQuerer conocer a alguien y querer tener sexo con alguien ¿deberían ser, necesariamente, cosas excluyentes?
Yo vengo hablando de que los hombres esto y las mujeres lo otro, y en verdad no es mi intención generar antagonismos o estereotipos. De manera un poco confusa, he estado dando vueltas entorno al tema de la crisis de la modernidad como gran detonante de la crisis de identidades que vivimos hoy. Hasta no hace mucho tiempo, los hombres y las mujeres tenían, en la sociedad, roles claramente definidos, que se pretendían complementarios (esto ya da para abrir un paréntesis, pero vamos a dejarlo ahí, porque de digresión en digresión, ya me veo torturándolos con otro post eterno). Por suerte, claro, había también hombres y mujeres, artistas, esa gente rara y loca que generalmente tenían demasiado o demasiado poco dinero, demasiados o casi ningún amante, esa gente vanguardista que sólo se hallaba a sí misma en los extremos y a contracorriente (sí, los hippies no inventaron nada), gente, en definitiva, que curtía otra onda (me aburro a mí misma si sigo mucho el tonito intelectual ☺). Pero, claro está, eran la excepción. Lo que habilitó la posmodernidad fue, entre otras cosas, la puesta en disposición de esas actitudes como si fueran un abrigo de quita y pon, de suerte que hoy cualquiera puede acceder a ellas. Hoy tenemos un abanico de roles para elegir, convenientemente banalizados y vaciados de sentido por el uso indebido e indiscriminado que de ellos hacen los medios (los medios son y serán siempre la bestia negra en este blog...menos internet, claro ☺). Y, se sabe, cuando uno tiene tanto para elegir, sobreviene la crisis de la página en blanco, y termina por no elegir nada, o lo que es lo mismo, por elegir un poco de todo (la suma de todos los colores, en la síntesis sustractiva, es justamente el blanco).
Las amas de casa de la posmodernidad ya no hornean tortas con royal, ya no almidonan las camisas del marido: tienen otras inquietudes. Las amas de casa de hoy están desesperadas, y lo más probable es que estén pensando en acostarse con el plomero sin que se entere el marido, todo esto mientras litigan con su ex por la tenencia de los chicos y planean un próximo lifting. Algo pasó con la identidad, no? No me malentiendan, no me interesa esa cosa nostálgica apocalíptica del ay qué bien que estábamos antes y qué mal que estamos ahora. No...no creo que antes estuviéramos bien. Y justamente por eso, cuando se relativizaron todos los límites que antes eran inamovibles como muros de piedra (y si los cruzabas, no había vuelta), fue como sacar el tapón a una tanque de quinientos litros. Demasiada presión acumulada. La represión y la limitación son una especie de tradición de la humanidad; ahora de pronto desaparecieron las restricciones morales; quedan sólo las del capital. O sea: podés hacer lo que quieras, siempre que tengas plata. Si no ya no podemos controlar a las masas por la religión, controlémoslas por el consumo (que es, sí, el nuevo opio de los pueblos globalizados de la posmodernidad)
Tener o no tener
Recuerdo que la primera vez que tomé conciencia de esto yo debía tener unos 8 o 9 años. Nos íbamos de convivencias (o sea, de fin de semana) a una masía (o sea, casa de campo) con los chicos del colegio (o sea, gente con la cual yo tenía una relación bastante dificultosa). El viernes a la mañana estaban todos en el patio, con sus flamantes mochilas, listos para salir. Yo aparecí con un viejo bolso de deporte (de esos ochentosos que tenían iconitos como si fueran de los juegos olímpicos o algo así), y una compañerita me preguntó enseguida porqué no había traído una mochila. En uno de los momentos más incómodos de mi vida, le contesté que no tenía (sabemos la tremenda importancia que reviste para los niños sentirse integrados a un grupo: tener o ser algo diferente equivalía más o menos a la condenación eterna, especialmente en un caso como el mío que ya presentaba harto irregularidades). ¿No tienes? – me dijo mi compañerita con su acento castizo. ¡Pues si no tienes, se compra! – concluyó, admirada de que alguien pudiera ignorar una verdad tan elemental.
Algunos años más tarde, recuerdo haber reproducido cierto comentario que escuché a mi mamá acerca de las canillas de oro que Donald Trump había instalado en no sé cuál de sus mansiones o yates, y de la frivolidad que eso implicaba considerando que en África la gente se moría de hambre (entiendan, era la época de We are the world, Live for África y todas esas movidas...en el comedor del colegio un cartel recordaba lo afortunados que éramos de poder disfrutar de unas albóndigas nauseabundas, ya que muchos niños de nuestra edad, allá en África, no tenían esa suerte. Y yo era una niña bastante impresionable). Estaba mi amiguita, la que me había increpado por mi falta de recursos unos años atrás. Inmediatamente, respondió que ella no veía nada de malo en eso. “Si yo fuera millonaria, ¡pues también me pondría la grifería de oro con diamantes y hala!”. Recibí así, gracias a la tolerancia de mi amiga para instruirme a pesar de mi escasa disposición, mis primeras lecciones sobre el capitalismo posmoderno. Menos mal, porque con la moral pequeñoburguesa que me habían enseñado en mi casa, pues estábamos apañados.
Tiempo después, y como no es fácil desprenderse de las propias raíces, he seguido comprobando, ya de manera más consciente, cómo ese idealismo y esos valores han continuado complicándome la existencia hasta el día de hoy. Y sips...hoy por hoy ser idealista y tener una escala de valores diferente y propia es ir contracorriente, pero no por romántico rebelde transgresor, no por hacer la gran Byron y escandalizar a las señoras gordas que toman el té, sino simplemente por boludo. El que no acepta la lógica capitalista es un tarado, y eso pasa también en las relaciones. Digamos que ahora, y del mismo modo que Flaubert decía “Madame Bovary, c´est moi”, yo podría decir “La señora gorda que toma el té, soy yo”. Hoy por hoy, Byron no escandalizaría a nadie por estar enamorado de su hermana y tener una amante a la que desprecia públicamente, capaz de hacer cualquier cosa por él (después de ver cualquier capítulo de Nip Tuck, hasta nos parecería poco original). Pero seguro sería tildado unánimemente de boludo por ir a pelear a una guerra en la que ni siquiera tomaba parte su país, como un modo de encontrar un sentido a su vida. ¿Qué ganó con eso? Nada, encima el muy nabo pescó una fiebre, por ir a la guerra, y palmó. Nuestra época, recordemos, tiene un solo e indecible terror: la muerte. Podemos soportar todo menos morirnos. Una injusticia, bah. ¿Para qué tenemos tanta tecnología, sino? Antes la gente tomaba la muerte como un proceso natural de la vida, donde con un poco de suerte te esperaba una vida mejor. Pero ahora, un tiempito después de que Descartes dijera su famosa frasecita, no creemos en esas patrañas (bah, ni en nada; Descartes por lo menos creía en la razón). En cierto momento (a medida que avanzaba la ciencia y el paradigma racional, casualmente), la muerte comenzó a ser conjurada como si eso fuera lo más normal del mundo.
Turistas en el shopping
Yo preguntaba, al principio, porqué querer conocer a alguien y querer tener sexo con alguien deberían ser, necesariamente, cosas excluyentes. La posmodernidad habilitó esa exclusión. Entonces uno puede pensar, qué bueno, por fin blanqueamos las cosas, se acabaron las hipocresías y las sábanas con agujerito (como en Como agua para chocolate, la vieron?). También se terminó la necesidad de conocer al otro (total para qué). Toda la lógica del capitalismo tardío está fundada en la canalización del deseo. Cualquier cosa que se interponga en el camino entre yo y mi deseo, es consecuentemente un estorbo. No una posibilidad de aprendizaje: un estorbo. Zygmunt Bauman habla del pasaje del arquetipo del peregrino de la modernidad que recorría un camino, que está comprometido con su propio devenir, al paseante que deambula sin rumbo fijo, arquetipo de la posmodernidad, no comprometido con nada (es notable la reacción de pánico que a la mayoría nos provoca la posibilidad de comprometernos, no ya con alguien, sino con la cuota de un gimnasio por doce meses...) Ya no hay caminos que recorrer: todo está al alcance en una superposición de recorridos posibles que siguen la lógica intermitente y compulsiva del shopping. Deseo y satisfacción. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya. El único problema de la lógica capitalista, eficiente por demás, es que, por su propia naturaleza, deja afuera al amor. Y, curiosamente, inoportunamente, fastidiosamente, con toda nuestra posmodernidad y nuestra sexualidad liberada, parece que la cuestión nos sigue preocupando.
Desde la perspectiva del amor, la vida, como diría Roberto Benigni (yo tengo una tendencia a caer de tanto en tanto a un nivel de vuelo apenas rasante en mis citas, pero bué), es bella. Siempre es bella. El mundo, por su parte, es bastante horrible, qué se le va a hacer. Desde la perspectiva del amor, el sexo es una forma de conocimiento, además de una forma de placer. Se sigue entonces que el sexo se enriquece con el amor. O también, que el amor se enriquece con el sexo. Pero es un enriquecimiento puramente espiritual, no económico, así que es entendible que no le interese a mucha gente. ¿Qué espera la gente de una relación? Placer. Estar bien. Sentirse bien. Unos mimos. Alguien que me comprenda. Alguien que tenga mis mismos intereses. Que sea linda, divertida, inteligente (se darán cuenta de que ponen esos atributos como quien recita la lista de la compra?) Hasta la inteligencia está desustancializada, porque ha dejado de ser un valor en sí mismo para convertirse en un valor de cambio como todo lo demás, en este caso un valor que revaloriza el objeto mujer (podría ser el objeto hombre, para el caso es lo mismo). ¿Para qué diablos querría tener a alguien inteligente al lado, si no es para aprender algo, para compartir algo desde ese lugar? En verdad, lo que entiende el común de la gente por inteligente es alguien que se las arregla bien para salir bien parado de las situaciones: lo que se valora no es la inteligencia como habilidad analítica y emocional, ni mucho menos como muestra del nivel de profundidad y sensibilidad de una persona, sino simplemente la astucia en la supervivencia. Un vivo, bah. Donde dice inteligente, léase vivo. Pero que no me cague, eh?
Es interesante analizar este clásico triunvirato de cualidades (lindo, inteligente, divertido); nótese la ausencia de referentes morales en la lista. No se habla ya de cosas como la generosidad, la honestidad, la integridad de alguien como valores deseables. Esto devela de forma muy sencilla el objetivo del “comprador” en cuestión: pasarla bien. Pasarla bien, procurarnos un bien agradable de usufructuar, es el objetivo básico de una compra. Para mucha gente, es el objetivo básico de la vida.
Love pills
Ya dije que no me gustaría sonar moralista. Como a cualquier mortal, me encanta el placer. ¿Pero eso tiene que ser a costa de sacrificar todo lo demás? Entonces no va. Justamente, el tema es que nadie lo ve como sacrificio, sino como beneficio. Recién nos rasgamos las vestiduras cuando descubrimos que estamos solos y que no hay media naranja por ningún lado (a lo sumo, medio limón partido en la heladera). Pero no relacionamos una cosa con la otra. ¿Podemos amar si la mayor parte del tiempo estamos pensando en cómo obtener placer y beneficiarnos a nosotros mismos? No y mil veces no. Justamente, porque el amor implica abdicar de nuestro egoísmo como brújula para andar por la vida. El amor y el individualismo no son compatibles. No, no es como en esa publicidad (una cínica desustancialización de los libros de autoayuda), donde el “me amo a mí mismo para poder amar a otros” pasa a ser un “me doy placer a mí mismo todo el tiempo, así atraigo a otro narcisista”. Y salimos los cuatro. Y ya saben cuál es el problema de las relaciones narcisistas: cada uno se quiere tanto a sí mismo, que cualquier demanda del otro que entre en conflicto con ese “amor” es un estorbo.
Amar es saber ceder, y llegado el caso, saber sacrificarse. Eso, por extraño que parezca, produce placer. Un placer que no es egoísta, que proviene de saber que podemos hacerle un bien a otro, que podemos ser responsables de otra persona con tanto cuidado como lo somos de nosotros mismos. Un placer que conmueve. La capacidad de conmoverse, de emocionarse, en un mundo donde digerimos atrocidades cotidianamente a través de nuestra pantalla amiga junto con el café con leche, casi sin pestañear, me parece una cualidad realmente bella.
Vivimos desesperados, igual que las chicas del título. Sólo que bajo una capa de indiferencia, de miedo, de costumbre, que nos impide darnos cuenta. La vida artificiosa del placer parece funcionar para nosotros, ya que seguimos corriendo tras él. La capa se vuelve cada vez más delgada, igual que el hielo de los polos bajo el efecto del calentamiento global. La metáfora no es causal. Estamos al borde del resquebrajamiento como especie, pero el show continúa. Todo parece andar bien. Dentro de poco es probable que el problema del amor deje de preocuparnos, que lo vendan en cápsulas para que deje de ser un problema tan molesto, para resolverlo rápidamente y sin pensar demasiado, como hacemos con todo.
miércoles, enero 10, 2007
Figurita repetida (un post Cosmo...jaja)
Composición. Tema: Las imágenes ideales. Suena a tema de terapia, no? Los ideales...ah, eso que tenía que ver con los padres. En verdad, no sabemos si vienen de ahí, los arrastramos de otra vida o qué, pero lo cierto es que ahí están para complejizar, aún más, el ya de por sí complejo tema de las relaciones.Pero más que de los ideales como valores abstractos, me gustaría hablar de los ideales como imágenes (que, como todo símbolo, connotan cosas). Parece ser que los que tienen más mambos con este tema, a la hora de relacionarse con el sexo opuesto, son los hombres. Es decir (y aquí viene la hipótesis), los más afectos a condicionarse por las imágenes y sus supuestas connotaciones en su elección de pareja. Vivimos en una cultura hipervisual, y los hombres son (cultural o biológicamente? Alguien sabe?) más visuales que las mujeres. Aquí viene la segunda hipótesis: los hombres se enamoran a primera vista, o no se enamoran (esto, dicho por algunos miembros del sexo opuesto).
Las mujeres, en cambio, solemos volcar la idealización a la relación en sí, más que a la otra persona, y aquí obviamente trascendemos el terreno de lo visual. ¿Qué queremos decir con todo esto? Seguro que a más de una señorita le pasó de empezar a salir con un chico, tener química, gustarse, que el sexo fuera bueno (o muy bueno, o incluso excelente) y todo marchara aparentemente sobre ruedas y de pronto (o paulatinamente) todo terminara sin razón aparente. La respuesta podría ser muy simple: simplemente, ella no correspondería al microchip que él traía en la cabeza acerca de cómo tiene que verse y comportarse su elegida. Por más que después la conociera, le gustara y la pasaran bárbaro juntos, hay algo, desde su punto de vista, que está mal desde el vamos y por desgracia, muchas veces el modificarlo escapa a su poder. De más está decir que la mayoría de los hombres ignoran poseer este microchip...o mejor dicho, no saben bien cómo funciona, qué es exactamente lo que lo hace dispararse.
El tema de la imagen, por supuesto, es de por sí muy delicado para las mujeres. Acostumbradas durante siglos a ser valoradas esencialmente por nuestro aspecto, automáticamente pensamos que no somos lo bastante lindas o lo bastante buenas, con el consiguiente impacto en nuestra autoestima. Pensamos que el problema es que no correspondemos al ideal que nos venden los medios y consumido masivamente (que en estas pampas es por demás cerrado y merecería un análisis aparte). Para paliar estos desagradables sentimientos, comenzamos a culparlo a él y a decir cosas como “otro japonés más”, “los tipos no saben lo que quieren”, “tiene miedo al compromiso” (vamos, chicas...nosotras no?), “lo mordió un caniche de chiquito y en su inconsciente me asocia a mí con el caniche porque tengo rulos”, etc., etc. La buena noticia es que los hombres que adscriben al ideal mediático son los que menos valen la pena, desde mi humilde opinión. Simplemente porque no les da la cabeza para construirse una imagen propia, agarran la que les venden como modo de afianzar su masculinidad (o sea, la relación para ellos es esencialmente una relación de poder) y sin pararse a pensar en las cosas lamentables que eso connota...
Afortunadamente (qué uniforme y aburrido sería el mundo sino), también existen hombres que construyen imágenes ideales que no coinciden con los estereotipos o el ideal de belleza contemporáneo (que no es un valor en sí, sino algo que está sujeto al tiempo y a la subjetividad). Y nosotras, ¿cuántas veces hemos reconocido que un hombre era el más lindo del lugar, pero elegimos a otro que, sin ser Adonis, misteriosamente nos atrae?. Los hombres suelen correr detrás de las imágenes porque la educación y los medios los entrenan para eso...para tener el auto más grande, la chica más linda (sí, obvio que todo esto tiene que ver con el famoso falo y sus “extensiones” imaginarias).
La mala noticia es que todos (corríjanme si me equivoco), todos los hombres, desde el más liberal al más conservador, van con su imagencita de la mujer ideal a cuestas, de manera más o menos inconsciente. En realidad, lo que es inconsciente es el modo en que eso los condiciona a la hora de las relaciones.
El problema, desde la perspectiva femenina, generalmente más preocupada por la relación que por las imágenes mentales, es que eso condena cualquier relación donde la mujer no coincida con esa imagen a un fracaso más o menos previsible. Esto, a no ser que el hombre decida renunciar a casarse con la princesa del cuento que le leía mamá cuando era chico y valorar las cualidades de una mujer real...Pero esa decisión, si se produce, es individual y no obedece a la presión (intentar que alguien cambie es una pérdida de energía que vale más emplear para cambiar uno), sino a la maduración.
El otro problema es que a través de este modelo tradicional estamos perpetuando el rol pasivo de la mujer como la que espera pacientemente ser elegida por el caballero que, o bien cae rendido a sus pies, o bien se queda con ella haciendo tiempo mientras busca a “la verdadera”. Es como la historia de Tristán e Isolda...la doncella que era “parecida” a Isolda logra que el héroe en cuestión le de un poco de bola (pero sólo un poco), y justamente el narrador se encarga de aclarar que eso es solamente porque era parecida...but not “the one”.
Si la mujer aspira a su vez a elegir, a ser sujeto y no sólo objeto del deseo o símbolo de los valores/ ideales de un hombre, está frita con este modelo. ¿Cómo elige una mujer a un hombre para empezar una relación? Dejando de lado las cuestiones de disponibilidad/ factibilidad (que no son menores), la conditio sine quanon como para empezar a evaluar la cosa suele ser: me tiene que gustar físicamente. Que es la misma que tienen los hombres...para las relaciones casuales. Para las relaciones “serias”, sacan directamente la figurita ideal del bolsillo y empiezan a ver si coincide.
Para aclarar un poco la cuestión, tanto a los hombres como a las mujeres nos moviliza la apariencia del otro. Es inevitable: nos gusta o no, nos produce rechazo o atracción. Asimismo, todos somos capaces de describir aproximadamente en palabras las cualidades que nos gustaría que tuviera nuestra hipotética media naranja. El tema es que los hombres (y algunas mujeres también), le suman a todo eso el tema de la imagen ideal, que es exactamente eso, una imagen en términos de apariencia, modo de vestir, gestos, maneras, donde es muy difícil rastrear las asociaciones con cualidades o valores internos y el grado de verosimilitud que tienen con la mujer real que supuestamente la corporiza, sobre todo cuando el hombre aún no la conoce bien. Nótese la diferencia entre sentirse atraído por la imagen de alguien (soy la única que se ha sentido atraída físicamente por hombres que no tenían nada que ver unos con otros en cuanto a su aspecto? Sí, ya sé lo que me van a decir, chicas...sepan que hubo un tiempo feliz en que yo gozaba de un criterio más amplio...jaja) y el pensar, en un nivel inconsciente, que esa imagen representa, o no ,ciertos requisitos/ valores/ símbolos necesarios como para considerar la posibilidad de una relación seria. Es medio bizarro, no? Digo, ahí es cuando las mujeres lanzamos el clásico comentario “cómo puede descartarme o elegirme, si no me conoce?” Y sí...no nos conocen, pero creen conocernos por una imagen que tiene que ver con cosas tan banales como si tenemos el pelo enrulado o no (vamos a decirlo claramente, en este país el pelo rizado es raramente parte de una imagen ideal...las chicas Wellapon NO tienen el pelo rizado), el jean apretado o no. Es así como los hombres sacan rápidas conclusiones de las mujeres que apenas conocen. La sed no es nada...
Algunas aclaraciones. Hay, hasta acá, dos diferencias propuestas entre el modo en que hombres y mujeres eligen potenciales parejas (tanto casuales como serias). En el caso de las relaciones casuales, en lo que los hombres se fijan (una verdad de perogrullo, ya sé), es en el físico, y ahí entra el famoso tema del ideal massmediático teta-cola (perdonen que sea tan explícita, pero es así). Cuando, siquiera inconscientemente (soy mala, eh?), consideran la posibilidad de algo más, sacan la figurita ideal del bolsillo. ¿Y qué solemos hacer las mujeres? Primeramente, no sabemos a ciencia cierta si la relación va a ser esto o lo otro. Lo que sí sabemos, conditio sine qua non para cualquier cosa, es que el otro nos gusta, nos atrae (y eso, ya dije, no tiene que ver con si para el criterio standard es atractivo o no). Después vamos viendo sobre la marcha si la cosa da para esto o para lo otro. Nunca entendí, y sé que no soy la única, cómo hacen los hombres para saber cuándo se van a poner de novios, cuándo se van a casar, como si decidieran el momento adecuado para cerrar un negocio o algo así (bueno, creo que es más que una metáfora, es exactamente eso lo que pasa, el famoso enfoque mercantilista de las relaciones). Como dice una amiga mía, parafraseando a Cortázar: a las Julietas no se las elige. Vivimos en una sociedad que, sin embargo, nos insta a creer exactamente lo contrario. En cuanto a las imágenes ideales y cómo nos afectan a las mujeres, creo que las sufrimos más de lo que las utilizamos...me parece que sólo las pendejitas (de edad o de mente) se dejan llevar por los ideales massmediáticos de hombres consensuadamente deseados, no las mujeres de verdad. Es la razón por la cual podemos enamorarnos de un hombre con pancita, mientras que ellos están condicionados (aunque sea inconscientemente) a tratar de tener a la más linda, ganar más plata, tenerla más grande, etc. Chicos...cuándo se van a dar cuenta de que más no es necesariamente mejor...
Hay además, otro problema (sí, otro más!). Cuando un hombre nos elige de esta manera (ya sea la manera teta-cola o la manera figurita de bolsillo), lógicamente precipitada porque se trata más o menos del tiempo que tarda en sacarnos una foto, qué es lo que está eligiendo en realidad? Nos elige a nosotras, a lo que nosotras consideramos valioso en nosotras mismas (que puede incluír nuestra imagen externa, pero probablemente incluye también más cosas), o elige lo que él considera que representamos y que tal vez a nuestros ojos es irrelevante? A toda mujer le gusta ser valorada como especial, o mejor dicho, por lo que ella percibe de especial en sí misma. Éste, chicos, (por si queda alguno en el blog...jaja, y para que vean que valía la pena tolerar mis maldades), es el gran secreto para conquistar a una mujer, conocido y explotado por los grandes seductores de la historia. Pero bueno, la seducción es capítulo aparte, hay mucho que decir sobre este tema también.
Por ende, y a no ser que el chico en cuestión sea muy perceptivo/ intuitivo, es difícil que nos esté eligiendo, en dos segundos, por lo que a nosotras nos llevó años de “autoconvivencia” descubrir. Tal vez esté descubriendo una parte inexplorada de nosotras mismas, lo que sería interesantísimo. No digo que no sea posible, pero no es el caso más común. Hasta ahora tenemos dos problemillas básicos: a la hora de “candidatearnos” para una relación, a las mujeres nos consideran por nuestra cercanía o lejanía con respecto a una imagen mental. Obviamente hay otros factores, pero lo que se postula acá vendría a ser que la imagen mental ideal es el factor eliminante, a la corta o a la larga. Por otro lado, aún cuando resultemos “elegidas”, puede muy bien ser que se estén confundiendo en cuanto a los motivos, justamente por el modo de hacer esa elección. El conocimiento de otra persona es algo que lleva tiempo y paciencia, algo en escasa sintonía con los valores que propone la sociedad, basados en conseguir lo máximo lo antes posible.
La ventaja (si podemos llamarla así...) que tiene la mujer es que ella puede llegar a enamorarse de un hombre, aún cuando en un principio físicamente no la atraiga demasiado. La clave está en lo que mencionaba antes: cuánto y cómo, en qué medida y con qué constancia, demuestra el hombre que está sinceramente seducido por la mujer que ella es, o más simple, sinceramente enamorado de ella. Es raro, muy raro que a un hombre le suceda lo propio. Los hombres suelen ser insensibles a este tipo de trabajos de orfebrería para seducir a alguien (no digan que no se los avisé...) Eso suele ponerlos en la posición, incómoda para muchos, de “los que son elegidos”, cuando ellos lo que en realidad quieren es tocar el cuerno y salir de cacería, eligiendo cuidadosamente (en dos segundos, bah) a sus presas. Una vez que una mujer atrajo la atención de un hombre por su aspecto físico, hay dos posibilidades: uno, me gustás, vamos a la cama, o dos: quedé absolutamente deslumbrado, sos la mujer de mi vida, vi las lucecitas de colores que siempre les dije a las otras chicas que no veía, etc, etc. Los hombres suelen ser así: blanco o negro, on/off...no hay escala de grises. Perdonen, chicos, mi maldad de hoy: es por una buena causa, créanme. En la cabeza de la mujer, mientras, por lo general pasa algo totalmente distinto. Cuando un hombre la atrae, no hay ningún escenario predeterminado, salvo el de que se cumplió la condición necesaria como para empezar a considerar la cosa (cualquier tipo de cosa, de lo más casual a lo más formal) Puede ser que nos vuelva locas su aspecto, pero a los dos segundos de conversación descubramos que es un salame (convengamos que esto es más rápida y empíricamente demostrable que el verosímil de una imagen mental) y deje de interesarnos...o decidamos irnos con él esa noche, todo puede ser. Las mujeres somos seres emocionales y muchas veces decidimos qué hacer frente a una situación más por nuestra disposición anímica que por los elementos de la situación en sí. Depende de cuán dulces, pragmáticas, lujuriosas, tímidas, racionales o atrevidas nos sintamos ese día...sí, chicos, sobre todo si los acabamos de conocer y no la están remando demasiado. No depende tanto de ustedes...como de nosotras (al menos, en esta instancia). Para una mujer (entiéndase, hablo de una mujer moderna, no de los estereotipos de las telenovelas venezolanas), un hombre que la atrae físicamente es como un múltiple choice: ninguna opción está cerrada de antemano, a no ser que se demuestre lo contrario. La marca que ponemos, de nuestro lado, tiene que ver con cómo se comporta el hombre en cuestión, cómo se desarrollan las cosas y cómo nos sentimos (fundamental esa palabra) nosotras al respecto. Y por cierto que a veces podemos tardar bastante en contestar a, b o c....porque para nosotras, definir lo que queremos con alguien es una cuestión de conocimiento, de tiempo, no de imágenes ideales.
Y acá llegamos al punto donde quería llegar (gracias por la paciencia si leyeron hasta acá!): las mujeres que eligen. Todo el modelo de imagen mental ideal masculina sostiene un paradigma muy vetusto que mantiene a las mujeres en su rol de objetos pasivos, cuya única preocupación deviene, naturalmente, corresponder o no corresponder a esa imagen ideal, que, a falta de otro referente, pasa a ser la que proponen los medios (después se extrañan de que haya tantos casos de bulimia y anorexia, tantas chicas de quince años poniéndose lolas de plástico y otros dislates...) A lo sumo, mientras esperan, pueden prenderle un cirio a la patrona de los imposibles para que aparezca el portador de la imagen mental que, a juicio del caballero, ella representa, y si si el señor en cuestión le resulta poco atractivo, a armarse de paciencia y esperar a que haga su despligue de seducción, a ver si consigue enamorarla....desolador, no?
Cuál es la opción frente a este panorama? No sé, a no ser que tengan vocación de símbolo, o de florero, chicas, a mi modo de ver con animarse a elegir, en vez de esperar ser elegida. Y no transigir en nuestros criterios de selección (de última me parece más entendible un criterio basado en las variables tiempo-conocimiento-emociones-valores, que uno basado en la variable casi excluyente de las imágenes, que, con todo lo que me agrada y me alimenta el mundo de lo visual, me parece un tanto infantil) Dejemos a estos chicos que sigan buscando a su princesa perdida y dediquémonos nosotras a buscar lo que queremos. En mi caso, es un hombre que haya trascendido sus imágenes mentales ideales (y algunas cosillas más...ejem) lo suficiente como para que eso no haga ruido en el desarrollo de una relación. Porque, vieron que buena parte del problema de las relaciones de hoy (y no he visto por ahí ningún librito que le dé bola a esta cuestión) es el mismo de los autos viejos: no arrancan. Difícilmente podremos saber si andar en ese auto está bueno o no...
martes, octubre 03, 2006
Desde Grecia con Amor (por fin, un post sobre SEXO ;)
La diosa de las mieses Las mujeres subimos y bajamos como olas. Esto no es invento mío, ya lo dijo John Gray en su best seller Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus (cómo? todavía quedaban intelectuales en el blog? Chau, chau, chauuuuuuuuu!). Saben, a mí no me importa de dónde viene el conocimiento, siempre que encuentre en él algo que me parezca verdadero, o por lo menos útil. Decía, entonces, que las mujeres somos como olas. Un momento estamos felices y al instante siguiente podemos estallar en lágrimas. Una mujer afinada como un violín puede atravesar una asombrosa gama de estados emocionales en un día, en unas horas, mientras los demás en el mejor de los casos intentan no ya entenderla, sino siquiera seguirla. Nuestros cuerpos son atentos, perceptivos a lo que pasa dentro y fuera de nosotras. Tenemos cambios hormonales, nos afectan la luna, los solsticios, los equinoccios. Y lo más increíble, podemos albergar una vida en nuestro interior. Si la cultura en la que habitamos no fuera el desastre que es, las mujeres serían consideradas no objetos de deseo, sino de respeto, por su extraordinaria conexión con la naturaleza. Claro que para que eso fuera posible, sería necesario, entre otras muchas cosas, que nosotras nos diéramos cuenta de que eso es algo mucho, pero muuuucho más importante que tener la cola parada o hacer un curso de posgrado para lograr un ascenso.
Es una lástima que hoy en día estemos anestesiadas con respecto a esa conexión. A veces, cuando nos enamoramos, cuando nos sumerjimos en el mar o contemplamos la llanura en silencio, la recordamos súbitamente. Creemos que debemos ser lindas, sexys, inteligentes y divertidas (la chica cosmo, bah), pero no nos sentimos obligadas a estar conectadas más que al messenger...Creen que es una casualidad que para los griegos, las deidades más vinculadas a la naturaleza, como Artemisa y Démeter, fueran mujeres? Yo creo que no. Démeter era la responsable de hacer que las cosechas germinaran y los frutos maduraran. Esto es más que una metáfora. Las mujeres somos, o deberíamos ser, responsables de la germinación y maduración de las cosas naturales: no sólo de un hijo; también del sexo y del amor. Por qué? Porque biológica y emocionalmente es más cercano a nosotras. Nos pasamos la vida quejándonos de que los hombres esto y lo otro, porque en realidad nos resulta más cómodo seguirles el juego, seguir en nuestro lugar de objetitos o sujetitos masculinizados en el mejor de los casos, que animarnos a plantear otros juegos, otras reglas que no sean las socialmente convenidas.
El precio de esa ignorancia es realmente muy caro. Olvidamos quiénes somos esencialmente, y comenzamos a comprar el personajito que nos venden los medios acerca de lo que se supone que debemos ser. Creemos que así seremos felices, y en el mejor de los casos es, claro, la felicidad de los lirios del campo que mencionaba en Andrea y los chanchos. Pero, saben, creo que ni siquiera, porque justamente, como por algún milagro nuestra conexión con la naturaleza no nos ha abandonado con el cambio de milenio, siempre hay algo que nos hace ruidito cuando la estamos pifiando. El sexo es, me parece, uno de los barómetros más exactos en este sentido.
El sexo según Patricia
Creo que existen básicamente dos tipos de sexo: el que prioriza la cantidad y el que prioriza la calidad. El primero es, claro, el que está más instalado en nuestra sociedad. Los que no están en pareja viven pendientes de cómo y con cuánta gente tener sexo: los que sí lo están, se empiezan a preocupar por si cogen lo suficiente, si prueban suficientes posturas, si lo hacen lo bastante seguido. Pero, como la sociedad es muy guachita, paralelamente nos tira mensajes de lo increíble que es el sexo cualitativo, o sea, el sexo con amor, aunque ella no tenga ni la más remota idea de qué se trata exactamente (generalmente es algo con gente muy linda que suspira mucho y se besa apasionadamente frente al fuego de una chimenea encendida (sí, las metáforas están a cargo de Agulla & Bacceti), despertando al día siguiente abrazados y levantándose para ir al baño cuidadosamente envueltos en sábanas de satén). Mientras, vemos día a día cómo el sexo, descontextualizado, emancipado de sus significaciones primigenias como diría Bauman, se convierte en una especie de delivery. Con la misma facilidad que pedimos una pizza, podemos levantar y teléfono y dibujándola un poco (porque bueno, tampoco es cuestión de ser obvios, queda mal y es poco erotizante), pedir un delivery de sexo. Un service, dice una amiga mía. Gratis, claro. Ésa es la mejor parte. Como ahora ya no es necesario tanto adorno, sino simplemente “por qué no te venís a casa, tengo un vino, vemos un video...”, a los hombres se les allanó mucho, pero muchísimo el camino. Como desde hace unos años se empezó a asumir que las mujeres también tenemos deseos sexuales y no somos sólo unas cositas que abren las patitas, resulta que a nosotras también. Qué bueno. La mala noticia es que todo esta abreviación del trámite no nos garantiza tener buen sexo. Más bien suele ser lo contrario. O, para ser más exactos, en el caso de las mujeres, la probabilidad de que funcione es inversamente proporcional a cuán conectadas estemos con nuestra esencia. Voy a tratar de explicar un poco.
Yo dije que existen básicamente dos clases de sexo, uno más cuantitativo y otro más cualitativo. El primero es masculino, y el segundo femenino. Esto tampoco es invento mío, lo dice la Dra. Patricia Allen en su practiquísimo librito Cómo llegar al “Sí quiero”, una regalo de mi mamá, como todas las madres, preocupada por la vida sentimental de su hija, tan incomprensible para ella como un crucigrama chino (es que en la época de nuestras mamás, era todo tan sencillo...). Por cierto que he estado a punto de tirar el librito en cuestión a la basura varias veces. Vieron cómo son los yanquis, no les interesa saber si las cosas están bien o mal, mucho menos preguntarse por qué son así. La palabra filosofía no está en su diccionario. Ellos buscan soluciones, cosas que funcionen, y éste es el enfoque de Patricia (y de John, y de todos los libros por el estilo que he leído hasta ahora). Por eso a mí me hacen ruido, porque así no hay manera de aspirar a mejorar las cosas, sino en el mejor de los casos a perpetuarlas. Y, cuando uno tiene un modo de ser que entra en conflicto con cómo son las cosas y encima es más bien rebelde e idealista, se complica...Cuando terminé de leer el libro, mi pensamiento fue: Ok. Así que así es como se hace para “cazar a un tipo” (prometo, un día, post aparte sobre esto, porque es muy divertido y las metáforas que usa son imperdibles...creo que no lo tiré aún por eso!). Ahora: para qué querría yo cazar a un idiota que va a caer con semejantes boludeces? Comentario aparte para las chicas: vieron ese lugar común de que “los hombres son de libro”? Bueno, lo que hace Patricia es leerte el libro (no son muchos capítulos, como se imaginarán) y regalarte además un manual de instrucciones, que no difiere mucho de esos consejos de mamá que nos parecían ridículos cuando éramos adolescentes. No es que Patricia se equivoque: tiene absoluta razón (como mami), y su libro funciona con gran efectividad con el hombre promedio (el problema es, nuevamente, si a una el hombre promedio le parece un idiota aficionado a masticar margaritas).
Patricia dice que a las mujeres en general les satisface más lo que ella llama “el sexo rueda”. O sea, una experiencia a full, con los cinco sentidos, donde puedan soltarse emocional y físicamente. De más está decir que eso generalmente no se da con el chico del delivery. Ya sé que no descubrió la pólvora y que eso ya está más o menos incorporado al acervo común, todo eso de que las mujeres morimos por las caricias previas y bla bla bla (si por lo menos supieran cómo tocarnos, o nosotras nos detuviéramos a explicarles...pero, total, para lo que va a durar...). También es de público conocimiento que “el hombre lo que quiere es ponerla, lo demás está medio de adorno”. La novedad es que ahora parece que hay cada vez más mujeres que parecen tener un deseo análogo: que se la pongan y ya. Y si es sin besos mejor. Raro? No...a mí me parece un claro caso de adaptación al medio. Yo creo que, más que asumir nuestra sexualidad, las mujeres estamos asumiendo la manera masculina de entender la sexualidad, que no es lo mismo. Ahora resulta que garchamos y ya. Y hasta nos gusta. Si total...el pibe es otro idiota más. Cuál es el problema entonces? Como en toda elección, lo que queda afuera.
El sexo según Susan
Mientras estemos en sintonía con el modo de ser de las cosas del mundo, no hay ningún problema, al contrario. A lo sumo cada tanto extrañaremos que alguien nos haga un mimo y un tecito cuando estamos enfermuchas. En otro librito yanqui, que tiene el sugerente título de “Cómo hacer el amor con placer” (ya los títulos lo dicen todo: soluciones, soluciones), Susan Crain Bakos habla específicamente del sexo emancipado. Dice (basándose, como buen libro yanqui, en varios testimonios) cosas como que no conviene mezclar los problemas domésticos con el sexo, porque de hecho lo segundo puede funcionar muy bien aunque lo primero no lo haga. Y que las mujeres muchas veces usan tontamente el viejo truco de “sé bueno y te daré tu galleta”, para conseguir que los hombres hagan cosas (desde cambiar el cuerito de la canilla a comprometerse), manipulándolos a través del sexo. Dice tontamente no porque eso no funcione (de hecho, funcionaba así en la época de nuestras mamás, y aún hoy en día tiene sus adeptos), sino porque la manipulación trae consecuencias indeseadas como desilusiones, confusiones y mal sexo o nada de sexo en absoluto. Para Susan, mal sexo es, claro, sexo sin orgasmos. Los orgasmos han pasado a ser el barómetro (el único barómetro) del placer sexual. Sobre todo desde que se descubrió que las mujeres también los teníamos, y por si fuera poco, que podíamos tener varios. En el libro de Susan hay muchas mujeres desmitificando el lugar común de que las mujeres nos sentimos vacías cuando “sólo se trata se sexo”. Que dicen inclusive tener que caretearla frente a sus amigas para no quedar mal...pero que para ellas, sólo sexo está perfecto. Mujeres que no se ruborizan al decir que se masturban (como le pasaba al personaje de Andie Mac Dowell en Sex, lies and video tapes), que piden y explican con lujo de detalles. Debo decir que amé ese librito cuando lo leí, me parecía el primer librito de su clase que tenía un mensaje algo más alentador para las mujeres que, por ejemplo, convertirse en una manipuladora part time para conseguir una relación (manipular para lograr algo verdadero...no hace ruido eso?). El mensaje era muy simple: disfrutá de tu sexualidad, dejando de lado preconceptos y trucos manipuladores. También, y ahí radica para mí el mérito del libro, se encargaba de aclarar que el hecho de que una mujer esté dispuesta y dedicada a obtener placer sexual no significa que deje de lado el objetivo de una relación. Sólo que ese objetivo no le impide disfrutar del sexo, mientras tanto. No todos los hombres dan para una relación, pero muchos dan para buen sexo, susurran Terry, Caroline, Sandy y otras chicas. Así que...aprovéchalo! Es muy bueno que se aliente a las mujeres a experimentar con su sexualidad, después de siglos de opresión e hipocresía. El único problema, para mí, es seguir tomando la sexualidad masculina como modelo. Además, recordemos: una cosa es yanquilandia (un matriarcado, y no por casualidad la cuna de Masters & Johnson), y otra muy distinta son estas pampas latinas. Varios hombres me han dicho que las chicas yanquis les parecen muy dispuestas al sexo, pero (yo cambiaría el “pero” por un “y por eso mismo”), poco erotizantes, poco sensuales. Acá todavía está muy instalado el ideal de la mujer objeto (camuflada en sus diversas variantes, algunas aparentemente muy “liberadas”), la chica sedal de pelo lustroso que ofrece sexualmente más de lo que demanda: la que elige las posiciones en la cama les da todavía un poquito de cuiqui, por más que se hagan los que no. La mujer que asume su sexualidad, que se brinda placer a sí misma, que lo busca, que lo pide, es una amenaza al mito del macho argentino, ya bastante resquebrajado de por sí. Y ahora de qué me disfrazo, ahora que no soy más el gaucho que revolea boleadoras? Ahora viene la china y hace malabares con mis boleadoras...
Un amigo de una amiga mía le dio el siguiente consejo: para tener mal sexo, mejor comprate un consolador. Ya sé que suena como algo gomoso, mecánico y frío, pero..acaso no es así el sexo delivery? Que sudemos y gimamos no significa que sea algo cálido, sólo que estamos excitados, y para eso ni siquiera es necesaria la presencia del otro. Les diré que, para mí, mal sexo puede ser inclusive sexo con orgasmos, pero de ese sexo que, como dice otra amiga mía, ni te suma ni te resta. Te quedás con la sensación de que era mejor quedarte en casa leyendo un buen libro. Lo que un día puede parecernos buen sexo, cuando estamos bien mundanas, bien chica cosmo (porque recordemos, oscilamos como ondas electromagnéticas), el día que estamos en línea directa con Démeter nos parece una pelotudez, una cosa sin sentido. Mal sexo. Para qué lo hicimos? Y, les digo algo, no hay cosa peor que transar con el sexo cuantitativo, cuando una en realidad está con ganas de sexo cualitativo. Pero, andá a explicarle algo de sexo a la manera oriental a un pibe que viene por dos horitas a ponerla un rato...Mal sexo, para el hombre promedio, es que no se le pare, o “garchar con una mina que no está buena”. O no acabar porque tomó demasiado.
Girls just wanna have fun...?
Lo malo, con todo, no es que estemos acostumbrados al sexo cualitativo, sino que a las mujeres, ésa clase de sexo nos formatea de a poco nuestro disco rígido original. El que venía con softwares como Sexo Rueda 2.0 y otros que ya no es tan fácil bajarse de internet. Terminamos por convencernos de que el sexo tiene poco de magia y mucho de técnica. No es una lástima? Y si fueran las dos cosas..? Y si eso no sucediera sólo cuando estamos enamoradas...? La dicotomía sexo plácate (me parece mejor llamarle así que cuantitativo) sin amor versus sexo con tiempo, intensidad, caricias y amor, no es una división muy tajante y muy burguesa? Sabemos empíricamente que lo es, porque no todo el sexo que tuvimos hasta ahora encaja fácilmente en una u otra categoría: hay matices. Aparte, ahí donde dice amor, en realidad debe leerse compromiso o relación formal. Lo que la cultura y la sociedad entienden por amor, es en realidad un contrato y/o un sentimiento más o menos irracional que nos agarra de vez en cuando, como la gripe o un resfrío. Nunca algo que fluye, que es lo que conecta las cosas vivas: nunca es la visión zen del amor. Yo digo, si pudiéramos pensar aculturalmente por un momento, si eso fuera posible: podríamos imaginar a un hombre y una mujer desnudos, intercambiando fluidos, sintiéndose, repirándose, sin que estuviera sucediendo ahí algo del orden del amor, podamos o no percibirlo?
Creo que es posible dar y recibir amor sin amar puntualmente a alguien, sin estar puntualmente enamorado. Creo que uno puede hacer eso cuando está conectado con la esencia de las cosas, no con su apariencia, algo que a nosotros, como miembros de esta sociedad, no es más que difícil. Tratamos al sexo como un bien de consumo, con la misma lógica mercantilista que aplicamos a todo: lo tratamos como si fuera algo en superficie, manejable, cuando es todo lo contrario...es una puerta a lo desconocido, o lo sería, si lo permitiéramos. Lo minimizamos, hacemos que sea como tomarse un café o lavarse los dientes (pero con orgasmos, eso sí. Saben qué es lo gracioso? Los condicionantes sociales son tan fuertes, que hoy se da la paradójica y risible situación de que a un hombre no le importes tres carajos, pero aún así...le importe que tengas orgasmos! Con él, claro, sino cuál es el chiste...). Después nos extrañamos de que el sexo no sea tan satisfactorio como imaginábamos, y entonces pensamos que la solución es tener más sexo, más orgasmos...No...Creo que la solución pasa por tratar de entender, de imaginar aunque sea, qué es el sexo, qué sería despojado de todo lo accesorio que le ha ido pegoteando nuestra cultura. Qué simboliza. La primera palabra que se me viene a la mente es unión. Para los tántricos, toda unión entre los principios masculino y femenino es sagrada. De por sí, de pleno derecho. Como ya matamos a dios hace rato, Nietszche mediante, la palabra sagrado nos eriza...Pero eso es justamente lo que estamos extrañando en nuestras vidas, sin poder darle un nombre, sin darnos cuenta la mayor parte del tiempo. Una dimensión donde las cosas tengan un significado. No el significado social, sino su significado esencial, primigenio, que es el más difícil de desentrañar, porque está totalmente desligado de las instituciones que conocemos, de la cultura que conocemos, de las cosas que hacemos habitualmente. Acaso porque es el verdadero, y llegar a la verdad nunca ha sido fácil para nadie.
Psiqué reanimada por el beso del Amor, de Canova, me pareció una bella imagen para este post, justamente porque representa la fusión del erotismo con el alma. Encontré este textito en la web:
«Imbuida de la creatividad y la generosidad de su hacedor -el Artesano del Timeo-, el alma (psyche) es, en el mito platónico, un ser inmortal que pierde, en el momento de su encarnación humana, su coordinación con los poderes del universo. Al identificarse con su cuerpo mortal se exilia de su naturaleza originaria, de sí misma y de su innata comunión con todo lo creado, «pierde sus alas», se dice en el Fedro. En El Banquete Platón nos presenta a un Sócrates que, tras una abrumadora confesión de ignorancia en prácticamente todo, se pronuncia acerca de lo único que dice entender: los misterios del amor y del deseo (ta erotika). Diótima, una sacerdotisa, le ha revelado la importancia de Eros, un poderoso daimon que antecede a la razón dictándole secretamente un curso y un objetivo que ella, por sí misma, no puede alcanzar: recuperar el mundo perdido».
(extracto del epílogo de Eros y Psique, de Antonio Betancor)
Creo que vamos a estar inhabilitados para alcanzar la plenitud sexual en tanto sigamos insistiendo con la escisión alma/cuerpo, sagrado/profano, frío/caliente, racional/irracional (hoy hemos logrado hacer del sexo algo racionalizado por demás) etc., etc. Todo eso es un invento del humanismo: no hay tal división. Las cosas del cuerpo son tan sagradas como las del alma, y de hecho las unas se potencian con las otras, no aisladas, no alienadas mutuamente. Es una lástima que sigamos tratando de encajarlas en moldecitos burgueses o posmodernos, tanto da para el caso.
No es Sócrates, sino Diótima, la que tiene la papa del asunto. Tampoco esto es casualidad. Diótima nos insta a recuperar un mundo perdido, el que precedió a los moldecitos que hoy nos complican la existencia. Diótima es, claro, una mujer sabia. Las alas de Eros no tendrían razón de ser si sólo sirvieran para mantenernos adheridos contra el piso: sólo lo tienen cuando nos ayudan a despegar de él. Eso es el amor, también: lo que nos ayuda a llegar a un lugar donde somos verdaderamente nosotros mismos: ni en la tierra ni el cielo: en la intersección de ambos. Cuando creemos ser sólo cuerpo, o sólo alma, nos perdemos irremisiblemente. Las negaciones y divisiones raramente encierran alguna verdad. La verdad es un todo.
Para los que tengan curiosidad por la fábula de Eros y Psique, que es una linda historia por cierto:
http://agrifonte.com/reinodelguisante/2005/02/04/eros-y-psique-i/
http://agrifonte.com/reinodelguisante/2005/02/06/eros-y-psique-y-ii/
martes, septiembre 26, 2006
Andrea y los chanchos

1.Meet Andrea
Me acordé hoy de pronto, y seguramente no por casualidad, del personaje de Andrea de Taverney, uno de los ficcionales de la novela El Collar de la Reina, de Dumas, plagada por otra parte de personajes históricos y hechos reales. No es Andrea, sino María Antonieta, la heroína de la novela, y esta circunstancia me la hace aún más interesante. Andrea es un personaje singular, sublime. Parece sacada de una tragedia de Corneille o Racine...si esta chica hubiera vivido realmente en un siglo tan frívolo como el dieciocho (o, por poner un ejemplo extremo, en el nuestro), la habría pasado seguramente tan mal como en la novela (o muchísimo peor).
Andrea es una bella joven que vive a la sombra de la reina. Ama al señor de Charny, que es el amante de María Antonieta, y por supuesto, al mejor estilo Fedra, no es correspondida (porque Charny, como la mayoría de los personajes masculinos de la novela, ama a la reina). La combinación no podría ser peor: tiene juventud, belleza, talento, nobleza en toda la extensión de la palabra y un alma a toda prueba. No es amada, y para ella las cosas son o blanco o negro (sepan entenderla, esta buena gente todavía no tenía noticias de la posmodernidad y sus vastas zonas de indefinición) Como dice Dumas, “no cabían transiciones para aquella alma estoica”.O la vida en todo su esplendor, con el amor de Charny, o la oscuridad y el olvido en el convento, que Andrea elige por propia voluntad. En un siglo y una corte dedicados fervorosamente al placer y a ninguna otra cosa, la elección de Andrea no deja de ser singular. A todos les parece fría y orgullosa, y esa frialdad no es sino la expresión de su recelo frente a un mundo que le resulta hostil y carente de sentido, y del dolor por su propio destino (y ahí es donde se muestra más próxima y humana, porque Andrea siente que merece, como lo sentimos alguna vez todos los mortales, una caricia de la diosa Fortuna en vez de tantos sinsabores). Sólo sabemos de la pasión de Andrea cuando se encierra en su habitación de Versalles, cuando ya no tiene que fingir más, cuando todo el calor que hay en su corazón y que no puede expresar se derrama en forma de lágrimas, de gritos, de imprecaciones al Todopoderoso. Andrea, como alma rebelde que es (rebelde con causa, por supuesto), llega incluso a blasfemar, lo cual para la época era algo así como animarse a pisotear una bandera con la cara de Maradona.
Hay una escena particularmente conmovedora en la que Andrea debe fingir que va a ver a un moribundo Charny de parte de la reina. Para no traicionar su propia pasión, Andrea llega a clavarse las uñas para ahogar un grito cuando el médico le confía que tal vez el joven no pase la noche. Andrea es de esos seres que prefieren morir a abrir su corazón en vano.
Todo esto parece muy alejado de nuestras tribulaciones amorosas habituales. Hoy por hoy, seguramente a Andrea le darían un lexotanil, y cuando estuviera más calmada le aconsejarían ir a la peluquería , a un spa, de shopping, en fin, olvidarse un poco de este chico Charny y prepararse para salir con algún otro cortesano que no la bloquee en el messenger. Los paroxismos del dolor son bastante mal vistos en esta cultura. Nos enseñan a evitar el dolor por todos los medios, a cualquier precio, y no a transitarlo. Por ende, cuando llega, estamos mal preparados. Nos enseñan a elegir el amor del mismo modo que un tipo de yogurt en el supermercado, no a vivirlo. Y así con todo. En la pragmática vida posmoderna, no hay espacio para extravagancias románticas que puede llevarnos a la autodestrucción. Ya se sabe, lo peor que nos puede pasar no es no amar o no ser amados, es morirnos. Cualquier boludo lo sabe. Entonces, hay que evitar cualquier cosa siquiera parecida a la muerte a toda costa. A no ser que podamos extraer de ella algo de placer (es lo que pasa con el sexo, por ejemplo, al cual tratamos a como dé lugar de despojar de su misterio, de lo que tiene de desconocido y fascinante, para convertirlo en algo mecánico y familiar, o a lo sumo, en una sucesión de nuevos y aparentemente apasionados minipolvos pocket, que es más o menos lo mismo).
Para Andrea, la propia muerte no sería una preocupación, sino más bien un alivio. Nosotros, en cambio, consideramos que la vida, aún en su condición más miserable, debe ser preservada a toda costa. La dignidad es consiguientemente un lujo que no podemos permitirnos. Quizás la cualidad más sobresaliente de Andrea sea justamente su dignidad, que muchos (incluída la reina) confunden con orgullo. Rebajarse equivale a traicionar su propia naturaleza, y esto es, para Andrea, lo verdaderamente importante: con amor o sin él, en el dolor o en la dicha, en la riqueza y en la pobreza (no sé si les suena...), ser fiel a sí misma. A no ser, que encuentre una razón, la única razón lo bastante importante para claudicar en algo de eso, que es la posibilidad real de amar y ser amada. Nótese que no digo “la posibilidad de obtener placer o de satisfacer su ego”. La única que cosa por la que vale la pena claudicar es el amor, nada menos. Se entiende por qué Andrea me conmueve tanto?
De más está decir que Andrea, a causa de su manera de ser, está muy sola. Se niega a ceder a su propia ternura, porque sabe que eso habilitaría al otro (a su padre, a la reina) a manipularla: es por eso que parece fría. Lamentablemente eso la aleja también de los que sí la aman, como su hermano, o la propia reina, a su manera (porque sí, la paradoja es que, como al final nadie nace sabiendo amar -a lo sumo hay gente más sinceramente predispuesta a ello que otra-, en el aprendizaje del amor muchas veces cometemos la torpeza de intentar manipular al otro o de dejarnos manipular, algo por cierto muy alejado de la naturaleza del amor mismo)..
También hay algo en el pasado de Andrea (que nunca llegamos a saber del todo, pero podemos imaginar), que explica su modo de ser. Como ella misma nos dice, en ese pasado un hombre tomó su cuerpo, y otro su alma. No hay nada que lastime más a un espíritu como el suyo que entregarse en vano; porque cuando Andrea es feliz (a raíz de la farsa de matrimonio con Charny ideada por la reina), es espontánea e impulsiva como una niña. Podemos pensar que ése es su yo verdadero, el que nunca puede dejar salir ya que conoce los peligros que eso conlleva. Andrea es feliz cuando puede ser ella misma, cuando puede dar rienda suelta a su pasión, a su verdad.
El mundo, hoy y entonces, es hostil a los caracteres como Andrea. Son poco productivos, puesto que no se los puede seducir con nada que no sea lo que ellos verdaderamente quieren: no hay satisfacciones sustitutorias (no hay neurosis, bah). Andrea, hoy por hoy, sería alguien inmune a los mecanismos de las industrias culturales, por ejemplo, si es que es posible imaginar tal cosa. La mera conciencia racional de las cosas lamentablemente está lejos de inmunizarnos contra las mismas...ah, le ponemos tantas fichas a la razón...demasiadas!
2. El discreto encanto del 20%
La idea es que hoy podemos ser felices, por poco que transijamos y nos esforcemos un poquito de un modo conveniente al sistema. Habría que preguntarse qué clase de felicidad es esa. Porque puede resultar muy bien (de hecho, lo hace), para todos los que desconozcan el mecanismo en cuestión (algo así como un 70% de la población, cifras del indec, cuac), o que, aún conociéndolo, transan porque son ampliamente beneficiados (económicamente) por el mismo (aproximadamente un 10% de la población). El otro 20% está jodido: sabe cómo son las cosas (sabe, por ejemplo, que los entornos laborales exigen falsedad, competitividad y estrategia, o que para tener una relación con un hombre primero hay que histeriquearlo y hacerse la difícil, que vendría a ser lo mismo llevado al terreno de las relaciones, que son, por supuesto, otro negocio, o qué creían...), y por desgracia sabe también que esas cosas no tienen puntos de coincidencia con su manera de ser y de sentir, y lo que es peor todavía, su manera de ser y de sentir está francamente estigmatizada (y por supuesto, pasada de moda, que es algo gravísimo) en esta época. La opción, digna por cierto de una tragedia posmoderna, es la de adoptar los códigos vigentes, o bien mantenerse fiel a uno mismo y aceptar las consecuencias. Antes de que me acusen de existencialista, ya sé que entremedio están las famosas zonas grises de la transición y la negociación...pero saben, no las cuento como opción, porque, a no ser que sean transitadas con plena conciencia, definitivamente implican erosionar una parte de uno mismo (al pedo, la gran mayoría de las veces), y esto lo digo por propia experiencia. Por supuesto que el alma puede sobrevivir a la erosión, pero nuevamente...desgastarse solamente para sobrevivir, tiene sentido? La vida es algo realmente precioso, lo que es una lástima es que el mundo sea tan jodido.
Pero no terminan aquí las tribulaciones para el 20%, porque aún suponiendo que opten por la paulatina erosión, por la velada claudicación de algunos de sus principios en aras de la supervivencia y “la felicidá, a-a-a-a-aaaaaaaaaaaa”, eso no es ninguna garantía de que en el camino no sean malinterpretados hasta el hartazgo por sus coetáneos, ya sean éstos de la franja del 70 o del 10%. Uno termina predicando en el desierto, o lo que es lo mismo, tirando margaritas a los chanchos. Inútil tratar de convencerlos de que el mundo iría mejor con menos caretaje, menos egoísmo, menos histeriqueo, menos falsedad, y más autenticidad, más amor, en definitiva. Enseguida nos cuelgan la etiquetita de new age (lo último de lo último tanto para el intelectual como para el tachero de la esquina), blanco de todos los sarcasmos posmodernos (porque sí, somos muy posmodernos, pero todavía no nos desprendimos del paradigma de la razón instrumental, cuac). O, lo que es lo mismo, de boludo de turno que da y espera demasiado de la vida, y no en términos capitalistas precisamente. Motivo por el cual el 20% suele optar por disfrazarse de miembro de los otros clanes...aunque siempre, tarde o temprano, se le ve la hilacha. Es su sino...
A no ser que el 20% pueda de alguna manera convencer al resto del “encanto retro” de sus convicciones y valores, para que aunque sea los puedan vender en alguna tiendita vintage de Palermo Soho y sacar unos mangos, está en el horno con papas, mal. Y aquí viene la pregunta: 20%, qué hacemos? Les tiro las opciones:
a- Por supuesto que la única salvación es la adaptación al entorno. Pregúntenle a los camaleones.
b- De ninguna manera, púdranse, moriré de pie cantando I am what I am, al mejor estilo Gloria Gaynor
Se podría hablar de muchas otras cosas, pero cómo impacta esto en el terreno de las relaciones? La opción b es la gran Taverney, que ya sabemos dónde termina. En cuanto a la opción a, nótese que tiene diferentes matices, a saber:
a-1 Después de todo, yo no elegí ser así. Yo quería ser como los lirios del campo, que ni se agitan ni se afanan, cómo no me preguntaron? Y bueno...voy a hacer todo lo posible por parecerme a ellos, estoy frito sino...porque qué posibilidad tengo sino de ser feliz? Casi ninguna...
a-2 Bueno, pero por qué tanta tragedia? A fin de cuentas, todo es relativo...vamos viendo, a ver qué circunstancias ameritan que yo me muestre como soy, y en cuáles saco el disfraz de batichica del armario (muy sensato, no?)
a-2-1 Y podría suceder, porque el mundo está lleno de paradojas, que sea justamente en la adopción de los métodos vigentes y propuestos por el sistema para tener éxito (cuac) en la vida amorosa (doble cuac, qué sería una vida no amorosa, desamorosa...? Hay una vida no amorosa? Aaaaaah, sí... la que llevamos el 98% del tiempo! Qué tonta!), podría ser, digo, en la adopción de esos métodos cuando obtenemos una respuesta del otro, una respuesta que incluso podría ser sincera y no un mero juego de marionetas? Podría suceder, y de hecho sucede todo el tiempo. Es cuando especulamos que nos va mejor.
a-2-1-a Entonces, si eso llega a pasar, qué validez tendría el amor de esa persona que me ama porque en un principio representé un papel para que no saliera corriendo y pudiera así apreciar cómo soy en realidad? Qué es lo que ama en mí, la primera imagen que le presenté, la segunda, a la que sólo puede acceder paradójicamente a través de la primera, y que ya no es una imagen solamente, o la combinación de ambas? Tengo que tener el sello del mundo para que otro me ame, decir de algún modo “sí, yo soy dulce, apasionada, inteligente, espiritual y esto y lo otro, pero no te preocupes, también un poco guachita, un poco histeriquita, un poco caprichosita, así te quedás tranquilo y no sentís que soy algo que no podés comprender (recordemos que, con nuestro paradigma vigente, comprensión no está muy lejos de dominación), representando clichés de lo femenino”?
a-2-1-a –1 Y, si esto sucediera, si finalmente descubriera que, mal que mal, el otro me ama, cómo tomaría yo ese amor? Me parecería igualmente meritorio que el de alguien que no necesitara que le muestre la figurita histérica, que le marque distancia para acercarse a mí? De alguien que, simplemente (como imaginaba yo antes que eran las cosas, antes de que me metieran la empanada de la posmodernidad en la cabeza), se sienta atraído por mí porque intuye en mí algo afín a su alma, y se acerque sin más y sin vueltas, valiente, frontalmente?
3. Love is...
El amor no puede ser otra cosa que amor a lo desconocido. En cierto artículo, Freud (tomen nota de a quién estoy citando, porque dudo que se repita) habla de los orígenes etimológicos (vieron que viene muy bien tener a mano el fichín de la etimología, jugás de lo lindo con eso) del término siniestro (unhelmich o algo así, en alemán), desglosándolo como “lo no familiar”. El amor, desde esta perspectiva, es siniestro, porque cuando es genuino, es un viaje de ida a lo desconocido. Lo salvaje, lo natural, es siniestro también. Tratamos, ya les dije, de tranformar lo “siniestro” en familiar, todo el tiempo, simplemente para quedarnos tranquilos y no acordarnos de la muerte y todas esas cosas. Será la razón por la cual el amor verdadero, y no sus derivados listos para agregar leche y revolver, es tan raro de encontrar? La gente se junta por una multitud de razones (temor a la soledad, perspectivas de mejoras económicas y o sociales, necesidad de sexo con continuidad en el tiempo, deseo de tener hijos, presiones del entorno o los deber ser internos, etc, etc.) y le llaman amor, como le podrían llamar arroz con leche, total...Después nos quieren vender a todos (como les vendieron a ellos) la idea de que eso (las peleas, los desencuentros, las mentiras, las reconciliaciones, los celos, las infidelidades, etc, etc.) es el amor. Recontracuac.
El amor es entrega. Absoluta. El amor es verdad. Es traspasar los límites, todo tipo de límites, incluidos los de la propia conveniencia. Lo demás puede ser una convivencia amigable, un grato pasatiempo, pero no tiene mucho que ver. Y yo no veo amor en la mayoría de las parejas que veo a mi alrededor. Veo miedo y costumbre. Chatura. Veo ese apego que tenemos por las cosas cuando nos apropiamos de ellas, cuando las hacemos familiares. Lo que hoy se entiende por amor se parece bastante a una mariposa clavada con un alfiler, desactivada, imposibilitada de volar, y por supuesto, muerta (tanto que hichan con la muerte, la verdadera muerte no es la desaparición física, sino la desnaturalización, el congelamiento de las cosas – Walt, estás más muerto que los de six feet under, sabelo-) Veo eso, y eso sí que me parece siniestro. Mucho más que el esqueleto con su guadaña.
Por último, el amor es la absurda, la ingenua idea de que uno puede transformar las cosas. No en el sentido de que uno tiene que transformarse, o deformarse para que lo amen, precisamente. Sino en el sentido de que las realidades, los obstáculos que hay en nuestra mente, los entornos hostiles al amor terminan cediendo al mismo, no con la lógica de este mundo, pero sí con una supra lógica, por llamarla de alguna manera. La razón por la que esto no sucede todavía, creo yo, es porque recién estamos rompiendo el cascarón de nuestro estado de subnormalismo espiritual, recién nos estamos dando cuenta de que, aunque cumplamos toooodos los preceptos de la sociedad capitalista, eso no es ninguna garantía de felicidad, y de que si lo es, se trata de una felicidad falaz. Se puede hacer de la propia vida una falacia, pero imagínense cuánto peor le iría a la humanidad si todos optáramos por eso (bah, creo que ya ni estaríamos).
Se viene una confesión. Chan. Voy a contarles un pequeño y lamentable secreto: creo que las veces en que los hombres se interesaron más sinceramente por mí (o por lo menos con cierta continuidad en el tiempo) fue porque de algún modo preexistió una distancia, creada por mí (no por histeria, como se imaginarán, sino porque en un principio no sentía especiales deseos de acercarme), o bien circunstancial, pero una distancia al fin. La distancia, según esta regla de tres, parece ser la condición necesaria para el “acercamiento”, en esta sociedad enfermiza (enfermiza, pero con la apariencia rozagante de una campesina suiza, claro) en la que vivimos. Ergo, que no te guste demasiado un tipo al principio es una gran bendición (como diría en otros términos mi, por fortuna, ex terapeuta): es nada menos que el pasaporte al tan ansiado conocimiento (porque, recordemos, las ganas y la disposición para amar son leídas como “debilidad” o “necesidad” por el otro, cosas ambas muy poco seductoras; o también : cuando uno da mucho, o muy rápido, con igual rapidez el otro lo percibe como poco valioso). Además, tiene otras ventajas extra, a saber: cuando una persona no nos gusta particularmente, podemos observar sus movimientos con desapasionamiento y objetividad (dos grandes valores del tango posmoderno), y consiguientemente juzgarlos mejor y elaborar estrategias más certeras: la información es el gran arsenal de las relaciones (la pregunta sería, claro, para qué carajo querría yo elaborar estrategias en pos de alguien que no me inspira nada muy remarcable). El juicio de uno se empaña, se embota (vieron que ahí es donde hombres y mujeres reputados como inteligentes se vuelven terriblemente estúpidos), cuando esa persona nos gusta desde el vamos: porque nuestra percepción está tamizada por nuestro deseo y se vuelve harto relativa. Cuanto más in the mood for love, peor nos va.
Próximamente prometo un post de tips anti-chanchos. Finalmente me decidí por la opción a-4-b-1-a, que consiste básicamente en dejar de tirarles margaritas a los chanchos por un buen rato. Porque yo me imagino que así les van a salir alitas como al de la foto...pero saben, nada que ver... Al final el chancho volador (el chancho voladooooooooooor, el chancho voladooooooooooor) era un mito urbano nomás, como las relaciones casuales que terminan en matrimonio, las modelos inteligentes y demás huevadas. Uno puede disfrazar lo que en esencia es, pero no cambiarlo. Tampoco se le puede pedir al chancho que deje de ser chancho, o tocarlo con la varita mágica como en los cuentos para que se convierta en otra cosa. Al chancho lo que es del chancho, y a Dios lo que es de Dios. He dicho.
lunes, septiembre 18, 2006
Chau, linda, yo te llamo...

1.Bailemos un tango posmoderno
No por casualidad eligieron esta frase para la ilustración de no recuerdo qué evento de tango joven, cuyo slogan era “Vos también sabés algo de tango”...y sí...si se escribieran tangos hoy por hoy, la letra debería andar más o menos por ahí. Lo de los tipos llorando por los rincones por la percanta que los amuró en lo mejor de su vida...bué, convengamos que nunca fue muy creíble. Es, un poco como el amor cortés, una construcción retórica. No es que en la Edad Media (en la Edad Media, justamente!) los caballeros se hubieran vuelto de pronto gentiles y sensibles, dispuestos a esperar una eternidad por los favores de una señora casada mientras peleaban en las cruzadas y componían inspirados poemas. No; el amor cortés fue algo que inventó la corte de no recuerdo qué reina (perdón, ando medio desmemoriada hoy y con fiaca para buscar en la web) para apaciguar un poco a estos tipos que, estimulados a fuerza de mazazos y sangre en la guerra, no tenían mejor idea que violar a cuanta doncella se les pusiera por delante. Era como decir: si querés ser como Perceval o Lancelot, andá a buscar gloria y todo eso, pero en lo que a mujeres se refiere, quedate un poco en el molde. O sea, podés curtirte a la dama en cuestión, pero eso sí, con mucho sufrimiento, mucha culpa y muchas idas y vueltas.
Obvio que esto es una sintetización muy burda del amor cortés y daría para hablar mucho más, pero bueno...fue una digresión que tenía por objeto ilustrar esto de que el hombre como figura sufriente es más que nada una construcción con fines sociales. Hubo un intento de revival de los preceptos del amor cortés en la Francia del siglo XVI, pero fue más que nada un jueguito literario. Hasta habían hecho un mapita, (la Carte du Tendre) metaforizando los sentimientos relativos al amor y al desamor como una geografía...En fin, volviendo, yo no sé nada de tango (bah...algo, ahora que pienso...), pero supongo que esa cosa llorona de las letras tiene que ver más con un intento de seducir a la mujer (mirá cómo estoy por vos...no sirvo ni para trapo de piso) en la milonga (ahí nació el tango, no?) que con la ilustración de una realidad existente.
El punto es que las sufridoras históricas siempre hemos sido las mujeres. Los hombres sufrientes eran artistas y/o locos, gente asocial y por supuesto indeseable, Baudelaire, Borroughs, ya saben, gente de esa calaña. Ése es el lugar que otorga la sociedad a los hombres que sufren. A los hombres no se les permite sufrir. A las mujeres sí, ha sido de las pocas cosas que se les ha permitido desde el principio de los tiempos, o por lo menos desde el inicio de la civilización occidental. Siglos después aparecen estos cantantes melódicos, estos cantautores de talento dudoso, otra vez con el cuentito de qué mal que estoy y de que sin tí esto y lo otro como si fuera lo más natural del mundo...y resulta patético, no por el dudosísimo sufrimiento inspirador, sino porque todavía la massmedia y el pseudoarte siga insistiendo con las mismas huevadas una y otra vez...y peor, que les funcionen. (usé a propósito el término “natural”, porque en las sociedades en las que vivimos ya no hay naturaleza, hay cultura...consiguientemente, nada es natural, ni el actimel, ni las relaciones, ni nada.)
Ahí está la cuestión. Funciona. El verso funciona y seguirá funcionando. Saben por qué? Porque a las mujeres nos gusta sentirnos especiales y valoradas. Sí, otra vez con eso, pero es que todo está relacionado. Nos gusta pensar que somos lo bastante especiales como para que un hombre sufra por nosotras. Y cuando nos dicen cosas lindas, nos concentramos más en escucharlas y disfrutarlas que en salir corriendo a buscar el detector de mentiras .Qué boluditas que somos...Pero, como le dije a una amiga ayer, si en el grado cero de empezar algo con alguien ya tenés que estar partiendo del presupuesto de que el otro te está mandando fruta...qué lindo lo que nos espera después, no? Para eso, bajemos la persiana y el último que apague la luz. Digamos que toda esa parafernalia explota una debilidad, una necesidad muy femenina. La explota a partir de una exageración o directamente de una falsedad, por supuesto, y claro, esto último es más jodido. Siempre es preferible un jueguito retórico a que directamente te tomen el pelo.
Muchas veces las mujeres sostienen ilusiones de amor a sabiendas...no siempre es porque sean cobardes que no se animan a enfrentar solas la vida o tontitas dependientes, como apuntan muchos libros ramplones de autoayuda. A veces es porque, circunstancia mediante, es la única manera en que pueden vivenciar algo siquiera parecido. Una mujer que no puede expresar su amor, que no puede en alguna medida, de algún modo, sentir que puede amar y ser amada plenamente...está perdiendo una buena parte de su esencia espiritual, que es dar a luz cosas; el amor también es algo que se da a luz: se pare nada menos que lo mejor de uno mismo. En ese sentido, no creo que ignorar esa necesidad sea una mejor solución que satisfacerla artificialmente. Es como decir: qué querés hacer, comer comida de lata vencida o morirte de hambre? Y, me comería un bife, si no fuera que justo ahora estoy en la India y se complica...A todos los que crean estar solos, quiero consolarles diciendo que su circunstancia está con ellos, siempre. Auspicia este bloque Ortega y Gasset...
Un viejo proverbio decía: “Es sincero el dolor de quien sufre en silencio”. Y yo creo que es una gran verdad. No creo en la sinceridad de los aspavientos del sufrimiento. Cuando uno sufre verdaderamente, queda anonadado...y lo que desea es meterse para adentro, no salir a cantarlo a los cuatro vientos. Cuando uno sufre dice cosas que parecen inconexas, como rodeando ese dolor sin llegar a entrarle de lleno. Por eso es que decía, en el post con el video de Sondre Lerche, que me encanta esa letra, porque se puede percibir el dolor sin que él tenga necesidad de nombrarlo siquiera...entonces, no sé a ustedes, pero a mí me conmueve mucho más. Bah, lo otro directamente no me conmueve; es más, me fastidia...
2. Ese espejo no me sirve
Cuándo vamos a ir al punto, se preguntarán? Ya vamos. Decíamos entonces que en un tango más creíble, un tango posmoderno, aparecería sin duda la devastadora frasecita “Te llamo” como desencadenante de más de una decepción amorosa femenina (o pre-amorosa, para ser más exactos). Levante la mano la que nunca escuchó estas dulces palabras alguna vez, sin que fueran el inicio del fin....El “te llamo” es un arma letal para aniquilar las expectativas femeninas de conocer y ser conocida por el otro. No me voy a cansar de repetir que una mujer verdaderamente inteligente e interesante no va por la vida al grito de “quiero una relación” (este es, por cierto, uno de los grandes fantasmas masculinos....que las mujeres queremos una relación a como dé lugar, que siempre queremos eso...no, chicos...eso vale sólo para las chicas estilo maestra jardinera y sus derivados...que llegan, sí, a la chica cosmpolitan también, por raro que parezca...que abarcan, bah, a culquier mujer que no sigue un criterio propio, sino un determinado “deber ser”, por “liberal” que ese deber ser pueda parecer). No. No solemos saber qué queremos de antemano, y lo que anhelamos es un tiempo de descuento (porque sí, es como un tiempo robado a la aceleración, al llame ya y téngalo ya que propone como valor la sociedad en que vivimos) para conocer al otro, emocional, intelectual y sexualmente, y ENTONCES y sólo entonces decidir para qué da o no da el asunto. El problema es que hoy por hoy es muy, pero muy difícil que ese espacio de conocimiento se produzca plenamente...porque el otro nos da miedo. La intimidad (la verdadera intimidad, no la del turno de un telo) asusta, porque exige mostrarnos sinceros, reales, tal cual somos, con defectos, sin los disfraces sociales que construímos todo el tiempo (dicho sea de paso, hay gente que no se los saca ni en la cama... ) En particular, creo que los hombres temen ser evaluados (piensan que van a ser evaluados, cuac, error...porque eso es lo que la sociedad les vende, que los están evaluando todo el tiempo, a ver cuánto ganan y cuántas veces la ponen), y por eso muchas veces prefieren salir corriendo cuando sienten que hay parámetros incontrolables de por medio, la posibilidad de amar, por ejemplo. Porque total, conocimiento superficial, sexo superficial, es lo que abunda...así que para eso, tanto da que seamos nosotras, o la hija del vecino (es más, si es la hija del vecino mejor...es maestra jardinera, tiene buenas tetas, tuvo sólo dos novios y no le da la cabeza para analizar ni la columna de Valeria Mazza... )
Caricaturas (o no tanto), al margen, ya sé que lo que me van a decir es que hoy por hoy los hombres quieren a una mujer inteligente al lado...pero hay que ver a qué tipo de inteligencia se están refiriendo. Cuando la gente habla de la inteligencia, generalmente se refiere a esa habilidad para decir cosas convenientes en momentos convenientes, a una especie de destreza social. Cuando el común de los hombres dicen querer una chica “linda e inteligente”, no se están refiriendo a la de la chica que les descifra un soneto de Shakespeare precisamente. La inteligencia hoy por hoy es, como todo, un valor de mercado. Aplicado al objeto mujer, es un valor agregado: si la chica tiene buenas tetas, no mete la pata cuando habla y hasta puede hacer un par de chistes, cotiza más en el mercado. (qué lo parió, siempre volvemos al capital... ) El afortunado puede mostrarla a los amigos para que le den palmaditas en la espalda. No se trata, ni mucho menos, de la inteligencia como habilidad de profundizar en las cosas, como algo para aprender y compartir con otro. No. O, dicho de otro modo, no es la inteligencia que aspira a comprender el mundo, sino tan sólo la que se conforma con pilotear los códigos de la baldosa de mundo en que estamos parados, de manera por supuesto concordante a la visión de mundo que nos propone la baldosa en cuestión. Es la inteligencia del habitante de un termo, bah...
Yo suelo decir que en general las mujeres nos bancamos el rechazo y el dolor mejor que los hombres...que son capaces de llegar a extremos increíbles con tal de evitarlos. Por ejemplo, son capaces de sostener una relación sin amor sólo para no estar solos (sí, ya sé que hay mujeres que hacen exactamente lo mismo...la diferencia es que ellas tienden a autoengañarse y sostener algún tipo de ilusión de amor, mientras que los hombres saben perfectamente de qué se trata). O son capaces de rechazar a alguien que los atrae sólo por temor a que los juzgue...tal vez por intuír (y ésta es hipótesis de ML) que esa mujer es en algún punto superior a ellos. Y aquí cabe una aclaración. Ya sé que lo de superior sonó terrible, voy a intentar aclararlo. Por un lado, están los parámetros sociales de superioridad, basados (sí, adivinaron) en la lógica capitalista. Sinteticemos: un hombre que gana más plata puede comprar más cosas y someter a más hombres, esto es, tener más poder, por tanto es superior. Una mujer que tiene buenas tetas, buena cola y lindos rasgos puede competir mejor con otras mujeres y lograr tener más hombres a sus pies, lo cual también es un modo de ejercer el poder; por tanto (y si no fuera porque así se convierte ella misma en un objeto de adquisición; un detalle, bah) sería también superior, de acuerdo a los parámetros sociales dominantes. El tema es que, como la mujer, para ser considerada “valiosa” tiene que objetualizarse como representación de una imagen de deseo (imagen que, quién la construye? La cultura, los medios), el poder que logra con ello es muy, pero muy relativo. No es el tipo de poder que hace que un hombre se sienta amenazado. Es un poder de juguete.
Siguiendo con estos parámetros, lo que hace que un hombre se sienta amenazado es una mujer competente en las áreas que históricamente fueron dominio exclusivo de lo masculino, y a las que las mujeres accedían de rebote (o sea, casándose o siendo hijas de papito). Una mujer que puede comprarse un departamento por sí misma (o sea, gracias a un esfuerzo profesional y/o intelectual y no por mostrar la cola en las revistas, que es una concepción de independencia bastante relativa), o que puede sostener una discusión financiera o filosófica de igual a igual (y no poniéndose en el papel de pobre tontita y sus versiones posmodernas...porque, no nos confundamos, las chicas cosmo son chicas tontitas haciéndose las vivas, nada más...), una mujer que puede hacer cosas al nivel de los hombres, es básicamente una mujer temible en sociedades como la nuestra que atraviesan la posmodernidad sin haberse desprendido de un sinfín de arcaísmos. O, mejor dicho, que construyen su posmodernidad basándose en el humus premoderno de sus convicciones más básicas y políticamente incorrectas hoy en día, como por ejemplo, la inferioridad de la mujer. Piensan que siglos y siglos de meter eso en la cabeza de la gente basta para que unos años de revolución femenina lo borren de un plumazo? No. Igual, pienso que las feministas se equivocan bastante en su enfoque, pero bueno, ése es otro tema. Hay cosas que, al decir lacaniano, quedan en el inconsciente colectivo...Y es comprensible que la sociedad, tal como está constituída, le tema a la mujer como a una fuerza contraria a sus principios, e inste a reproducir ese temor, tratando a su vez por todos los medios (nunca mejor dicho) de mantener a la mujer objetualizada. Es igual que el tema de la esclavitud: no es que las sociedades de hoy ya no sean esclavistas; es que la esclavitud se ha convertido en algo tan sutil y refinado, que ya no es necesario ejercerla por la violencia física. Ahora somos esclavos gozosos, con privilegios, convencidos de ser libres porque podemos, por ejemplo, elegir un modelo de camarita digital...en fin. Yo diría que la esclavitud, lejos de erradicarse, se ha perfeccionado. Las violencias que se ejercen hoy contra el ciudadano medio son un trabajo mental muy fino: ya no hay riesgo de ir al potro de tortura y perder una oreja porque un vecino le habló mal de nosotros al alcalde, pero, sin embargo, hay actitudes igualmente perversas. Por poner un ejemplo, hoy por hoy se fomenta el individualismo, al mismo tiempo que se castiga económicamente a las personas que viven solas, para las cuales todo es cuesta arriba, desde sacar un crédito hasta irse de vacaciones (porque, claro, todo está pensado en base doble...). Y hablo de lo económico por no hablar de lo emocional...de cómo se castiga mediática, simbólica y socialmente a las mujeres que están solas, de un modo no muy diferente a esas tribus primitivas que apartaban a las mujeres que menstruaban para que no contaminaran la aldea con su mal...no muy diferente, pero bastante más peligroso. La hipocresía siempre es más peligrosa que la verdad. En la tribu, por lo menos te lo decían de frente manteca, sin dobles mensajes...
Por supuesto que hay otros parámetros para explicar por qué una persona puede ser “superior” a otra, y aquí ya dejaríamos de hablar de superioridad para hablar de evolución espiritual. Porque se trata de esto. Es un hecho que no todas las personas que habitamos este planeta tenemos el mismo nivel de evolución espiritual. Hay gente comprometida con el futuro de la humanidad de diversas maneras, y también personas haciendo todo lo posible porque ese futuro sea bien, pero bien negro. Obviamente, porque no pueden hacer otra cosa. Hasta la maldad es, en términos espirituales, lo mejor que esa persona puede hacer en su momento de evolución, puesto que desconoce el bien. El punto es que no todo puede ser valorado de la misma manera. Y hoy en día hay cosas obvias, como el ejemplo de los dos extremos de recién, en las que todos coincidimos, y cosas que no lo son tanto. Por ejemplo, el sentimiento de inferioridad que un hombre puede experimentar en presencia de una mujer espiritualmente más evolucionada. Una lástima que sea así: yo creo que podría sentirme intimidada por alguien más evolucionado que yo, pero trataría de quedarme y aprender...los hombres, en general, no pueden. Eso va en contra de las reglas. Equivale a ponerse en un lugar de “debilidad”, porque ellos han sido, tradicionalmente, los que explicaban cómo tenían que ser las cosas...A las mujeres se les tolera que decidan cosas más o menos pelotudas, como el color de las cortinas del dormitorio o si sus hijos irán al Saint George o al Saint James (es claro que van a ir a un Saint de todas maneras)...se les tolera bastante menos que den su visión acerca del mundo, especialmente en una relación. Ahí son tildadas de locas, de inadaptadas, de feministas...O, simplemente, dejan de ser interesantes para el hombre en cuestión, si a éste lo que le interesa básicamente con la relación es afianzar su masculinidad, no descubrir la femeneidad verdadera (y no la prefabricada, la que nos venden) de una mujer.
Es tan bello cuando una mujer puede entregarse (sobre todo hoy, que el sexo sin entrega es la moneda corriente), en cuerpo y alma...pero eso sólo puede suceder cuando se sabe amada, no cuando ama solamente o intenta amar (yo creo que el amor unilateral es una ilusión, que el amor, cuando involucra a dos personas, tiene que tener un ida y vuelta para ser tal) Una persona muy evolucionada (hombre o mujer...un maestro, bah) ama todo el tiempo, está en estado de amor...los demás sólo podemos alcanzar eso cuando nos unimos a alguien...saquen cuentas de lo difícil que es hoy, por todos los condicionamientos que tenemos, lograr una unión verdadera con el otro. Si vivimos poniéndole palitos en la rueda...
Como dice ML, un hombre no puede esta junto a una mujer que perciba como más evolucionada espiritualmente, simplemente porque no tiene con qué sostenerlo. Hay grados y grados de evolución: pero las pistas de una persona que va bien encaminada suelen ser: integridad, sinceridad, inteligencia elevada, sensibilidad profunda y buen corazón. Un especulador no puede estar al lado de una mujer generosa si no es, justamente, especulando. Qué puede darle? Acaso uno podría pensar que ella podría enseñarle a despertar su propia generosidad (y de hecho yo creo que ése es el poder transformador del amor, justamente; sólo que para eso él tendría que quedarse para que pudieran aprender juntos). Pero, en general, lo que se busca en el otro es un espejo de nosotros mismos...entonces, cuando ese espejo nos muestra lo que aún no desarrollamos, no es un espejo, es un vidrio inservible. La gente no busca lo exótico más que cuando está con ganas de pollo agridulce: para las relaciones, sobre todo si (pre)suponen que van a durar más de una noche, buscan cosas afines, cercanas, familiares. Lo no familiar aparece como siniestro: el hombre está social e históricamente entrenado para dominar a lo desconocido, no para adentrarse en él (está adiestrado para involucionar, bah...). Cuando se encuentra con lo no familiar, un gesto (de lucidez si considera que no va a ganar nada con la situación o que inclusive hay en esa situación un riesgo potencial para él mismo; de nobleza si piensa que puede lastimar a una persona que no se maneja con sus parámetros...sí, porque hay nobleza en todos nosotros, sólo que no nos entrenan para explotarla porque total...no reditúa), le hace apartarse. También es cierto que, para percibir ciertas cualidades que no son las más valoradas socialmente (los lugares comunes), ni las más frecuentes de encontrar, la otra persona tiene que poseerlas en alguna medida; o al menos tiene que tener una gran capacidad de percepción. La percepción también es algo que se pervierte con la cultura...nos educan para percibir ciertas cosas y ser unos perfectos pedazos de madera en otras. Cuando uno tiene estos parámetros invertidos, como es mi caso (soy de madera ahí donde otros brillan, y de diamante donde muy pocos se dan cuenta), medio que está frito. Andá a encontrar un espejo...con un vidrio más o menos pulido me conformo! Y hasta soy capaz de intentar pulir el vidrio y todo...
3. Del Lago de los Cisnes al Charco de los Patos
Bajando un poco de tanto vuelo espiritual y volviendo al tema del post, tenemos hasta aquí una hipótesis, la más halagadora para nuestro ego, que es que cuando un hombre al cual percibimos que le gustamos desaparece, tiene que ver con un sentimiento de disminución frente a nuestras condiciones, ya sea socioeconómicas o en términos espirituales. Claro, me dirán ustedes, chicas, que eso es sólo en el mejor de los escenarios posibles. Bah, es un escenario lamentable, pero los que siguen son aún peores...A muchos hombres, el percibir esto los deserotiza, porque claro...en la lógica capitalista del sexo como posesión...cómo podés poseer algo que es subjetivamente (es decir, con atributos subjetivos y no objetuales) mejor que vos? Con eso se compite, no se posee...Estaba pensando, corríjanme si me equivoco, pero...vieron que sólo en las series yanquis se da esa típica relación entre los protagonistas que empieza como competencia laboral? Por ejemplo, son dos agentes del fbi (o dos criminalistas, o dos investigadores) y él la detesta porque ella le pasa el trapo...se genera una tensión sexual in crescendo y plácate, al final resulta que eran el uno para el otro. Alguien recuerda alguna serie argentina donde suceda algo similar...? Mi teoría es que yanquilandia tiene una tradición de mujeres independientes e intelectualmente intimidantes mucho más arraigada...bueno, la revolución sexual no nació en la General Paz precisamente. La versión argentina de la serie sería que la agente ésa es muy capa, pero es lesbiana o algo así...el protagonista seguramente se termine enamorando de la novia de un mafioso, que está re fuerte (la novia, no el mafioso...eso si el guión no lo agarra Javier Van de Couter, claro...)
En el párrafo anterior asumí que el escenario era que nosotras le gustábamos al desertor en cuestión...pero bueno, pensemos otra posibilidad: que nuestros sensores estén fallando cual radar de Ezeiza y que en verdad no le gustemos demasiado. En general, a nosotras, cuando no nos interesa un tipo, no le decimos que lo vamos a llamar o que nos encantaría verlo. Obviamente que podríamos, y de hecho hay mujeres que lo hacen...mantener al otro ahí aunque no nos interese verdaderamente. Por ejemplo, hay muchas mujeres que dan signos de que está todo bien a nivel química cuando en realidad el tipo no les mueve un pelo y están pensando más bien en futuros beneficios económicos, que pueden ir desde la silvestre aspiración a ser invitada a un restaurante caro, hasta la no tan silvestre de sumar joyas o ropa de marca a su guardarropa...Ojo, no todo es una manipulación tan burda, también hay mujeres, como señala ML (gracias, una vez más), que resignan la química en pro de la estabilidad, de un potencial padre para sus hijos, etc...entonces fingen que las cosas están mejor de lo que están, en aras de un objetivo entendible (si bien me resulta imposible de compartir, porque para mí equivale a poner la carreta delante de los bueyes) pero ahí estamos entrando en otro terreno, en otro post que tendría que tratar de las múltiples razones por las que hombres y mujeres buscan relacionarse y que las más veces tienen poco que ver con el amor, con el compartir, y mucho con la satisfacción de necesidades individuales. Chan.
Me objetarán que el “te llamo” en realidad es, la mayoría de las veces, un “te pongo hold” (vieron que con estos teléfonos de ahora, a veces uno quiere apretar redial y ups, resulta que apreta hold y lo deja al otro con la musiquita for ever and ever...es el problema de tener demasiadas opciones, uno se confunde fácil), y que es una zona intermedia de indefinición que no significa necesariamente que no le gustemos al otro...es más, tal vez inclusive le gustamos, pero....Y ya sabemos que hoy por hoy los pero son muy poderosos. Los hombres y mujeres prototípicos de la posmodernidad (ah, no sé si les dije, yo soy más bien retro) se ponen en hold mutuamente, más por una necesidad de complacer un ego incierto que por tejer intrigas a lo marquesa de Merteuil, más por “amorralar” recursos y tenerlos ahí por las dudas para los tiempos de sequía, mientras siguen tiroteando por ahí con sus búsquedas ideales a cuestas, más que por un auténtico afán manipulador...Las zonas intermedias son muy típicas de la posmodernidad...todo es un “ni”. Todos tenemos o hemos tenido el llamado encuestable (yo le llamo elenco estable, haciendo un jueguito de palabras irónico, ya que suele ser un elenco harto inestable): la diferencia es que los miembros masculinos de los elencos femeninos saben perfectamente quién es su agente, cuándo es el próximo casting y cuál es el teléfono de la vestuarista. Los miembros femeninos de los elencos masculinos no sólo suelen ignorar estos pormenores; además y para peor, suelen estar todos convencidos de ser primera figura. Esto, claro, porque al director le dijeron que para tener a fulanita le tenía que prometer que iba a bailar el Lago de los Cisnes...el problema, claro, es que tarde o temprano el Lago de los Cisnes se convierte en el Charco de los Patos y todo el decorado de cartón pintado se resquebraja. Ahí suele ser cuando el director grita “Telón, telón!” y sale corriendo antes de que le tiren el teatro abajo (con él adentro, si es posible). De más está decir que a los miembros masculinos de los elencos estables no les preocupa para nada ser primera figura: total, su agente ya les avisó del próximo casting del American Ballet, y eso sí es más para ellos...
Elencos al margen, todos nos hemos encontrado también alguna que otra vez en una situación de “te llamo” (según el sexo, más frecuentemente de un lado que del otro, eso sí) Todos hemos sido poco claros alguna vez cuando debimos serlo. Todos nos hicimos los boludos cuando llamaba alguien que no queríamos atender. Pero hay una diferencia entre no acusar recibo, por no querer decirle claramente al otro que no nos gusta, o sea, por no herirlo (esto es muy típico de las mujeres, educadas por siglos para no herir ni hacer enojar a nadie) y generar expectativas en el otro. Cuál es el sentido de darle feedback positivo a alguien que no va, cuando con no darle feedback alcanza? Lo único que se consigue con eso es dejar a la otra persona desorientada, confundida y haciendo hipótesis al mejor estilo Sherlock Holmes para recomponer la escena del crimen y ver si el asesinato fue o no con premeditación...
Pienso que ahí pasan dos o tres cosas: por un lado, los hombres están educados para no defraudar. Más que herir o no herir al otro, a muchos les preocupa más quedar bien consigo mismos, con su autoimagen. Sumemos a eso el temor masculino a la ira femenina, a las lluvias de reclamos y esas cosas...porque cuando las mujeres se enojan en serio suele ser un enojo retrospectivo, y agarrate catalina, ahí liga por la de él y por la de todos que vinieron antes...Y sumemos además que los hombres son muy “in situ”: se dejan llevar por el calor del momento (que no tiene que ser la obviedad de lo sexual, tal vez ni se llega a esa etapa, y eso merece párrafo aparte también), de la cena o la charla compartida, y empiezan a decir y hacer cosas que luego no pueden sostener. Y cuando se dieron cuenta de que no podían (probablemente diez minutos después de dejar a la chica en su casa), ya es tarrrrrrrrrde...ya abrieron esa bocota para decir “Nos vemos la semana que viene, dale? Yo te llamo, linda...” Una vez, le pregunté a un tipo si me deseaba. Me contestó que me deseaba cuando me veía, pero que si no me veía ni pensaba en el asunto. Ahí fue que empecé a captar algo de la concepción masculina del deseo: está sujeta al tiempo, pero no al transcurso del tiempo, sino al tiempo del mago Emmanuel: Alle...hóp! ahora está, ahora no está; ahora la deseo, ahora no. Para los hombres, lo visual y el presente los son todo...algo de razón tienen, pero también mucho de error....
4. Día de campo con Don Juan en los bosques de Palermo
Por supuesto, hay razones muy campestres (razones que no tienen que ver –en apariencia, al menos–con las complejas elucubraciones acerca de los sentimientos de inferioridad y la necesidad de espejos de las que hablábamos hace un rato) por las que un hombre puede no estar en posición de sostener sus promesas. Porque el “te llamo”, con todo lo inimportante que puede sonar, implica una promesa. Es, como diría Austin, una expresión performativa: decirla implica comprometerse a hacer algo (ay, ya puedo sentir el repelús que les provoca esa palabra a mis lectores masculinos...espero que quede alguno!). Y ya sabemos, el compromiso es la madre de todos los males. Volviendo a las razones campestres, hagamos un breve paneo. Generalmente esas razones son omisiones: omitió decir que está de novio o casado, omitió decir que en realidad no le interesa conocer a nadie y sólo quiere salir y joder un poquito, omitió decir que se está divorciando o está recientemente separado, y los quilombitos vienen por ese lado, omitió decir que ayer conoció a una chica que le gustó más, omitió decir que mañana parte para radicarse en Australia...
Cuando se tiene la data, una puede hacerse una composición de lugar y ponerse en los zapatos del otro (ah, sí, otra cosa para la cual nos entrenan bien a las mujeres) por poco grata que sea la info para nuestro ego. Lo que mata es el no saber y andar elucubrando; por eso, lo que provoca la ira femenina suele ser la omisión más que el dato en sí. El dato hiere al ego, pero la omisión nos pega un poco más adentro. Porque omitir info valiosa para el otro implica que en realidad me chupa un huevo el otro y que más bien me estoy preocupando por mí mismo, por zafar. El zafar, claro, está en las antítesis del deseo femenino de ser valorada y tratada con consideración. Más que un deseo femenino, yo creo que éste es un anhelo muy humano y muy razonable, y es obvio que nos saque de quicio que le pasen olímpicamente por arriba. Todo se podría evitar con una explicación, pero los hombres son poco propensos a las explicaciones que los dejan mal parados. Valor? Alguien habló de valentía por ahí...? O también, y más certeramente en muchos casos, a las que son un obstáculo para sus fines de pasar un rato agradable de charla y/o sexo con la chica en cuestión...porque cualquiera de esas razones son un posible pasaporte al fin de lo que sea que estaban empezando, y él prefiere decidir cuándo y de qué forma pondrá el punto final (o los puntos suspensivos, más bien), por algo él es el hombre, el que está en control de la situación...Lo loco es que este proceso muchas veces es algo casi inconsciente para los hombres...tienen la manipulación tan incorporada (es algo tan común en nuestra sociedad) que ya ni se dan cuenta, son una especie de manipuladores naïf que cuando se les increpa no entienden, realmente, por qué los están increpando. Si ellos no hicieron nada malo...¿acaso firmaron algún contrato, un acta matrimonial o algo? Si será jodida nuestra sociedad, que la idea de que el deber hacia el otro es sólo de índole contractual-económica, nunca moral (a no ser que tengas un papel que pruebe lo contrario), está instaladísima y a todo el mundo, a muchos hombres particularmente, les parece lo más normal del mundo. Vulgo, hay que ser mínimamente novia para tener derecho al pataleo, y eso invalida cualquier tipo de diálogo o discusión en relaciones con otros rótulos (ay, cómo nos gusta ponerle cartelitos a las cosas...esto es sexo casual, aquello es una relación formal, lo otro son amigos con derecho a roce, etc., etc.) Debería bastar simplemente con ser una persona para que el otro, particularmente si compartió tu cama, comió tu comida y usó tu baño, te deba un mínimo de gentileza y deferencia, un mínimo de empatía emocional (no que lo arregle pagándote una pizza, for god´s sake)
Nos estamos acercando a los donjuanes, a los manipuladores conscientes e inescrupulosos que usan el te llamo muy a sabiendas, que saben cómo van a manejar la situación desde el minuto cero ...No sé ustedes, pero...saben? Yo creo que nunca me tropecé con uno de esos maestros de la seducción (o no estaría aquí para contarlo...jaja)...siempre tuve que lidiar, a lo sumo, con los manipuladores naïf. Yo creo que el donjuan genuino ya no existe. Fíjense que la gran donjuan es hacer un toco y me voy, y una queja cada vez más frecuente de las chicas hoy es que muchos hombres hacen un “no toco y me voy”...Un no toco y me voy, claro, matizado de indicios de intenciones de tocar y quedarse, con lo cual multipliquen la bronca por dos...Regado de “te llamos” y otras cosas por el estilo. Los donjuanes están en extición, justamente porque cada vez hay menos hombres que sepan seducir a una mujer, siquiera para una noche. En la época de donjuan no quedaba otra, había que hacer grandes despliegues, promesas, treparse por una cuerda en plena noche sin ver un soto...la seducción implicaba riesgos. Hoy por hoy no hay necesidad, ni hay tiempo tampoco, de tanta molestia. Las escaladas vespertinas de balcones cedieron su lugar al “no querés venir a mi casa a ver un video”. Ya que somos tan posmodernos, no podríamos, por lo menos, dejar los eufemismos guardados en el armario, con la ropa blanca y la naftalina? Ahí es donde se nos ve la hilacha.¿Tanto cuesta decir Me gustaría que vinieras a mi casa y que hiciéramos el amor, o directamente, Vamos a coger a mi casa? Para qué dibujarla, si total es eso el noventa por ciento de las veces... Al menos, ya que no su profundidad o su capacidad de seducción, podríamos así admirar la valentía de un hombre en ese aspecto. (Ya que estamos en tren de blanquear, a los hombres les gusta que los admiren, tanto como a las mujeres nos gusta que nos perciban como especiales. Pero es tan grande el miedo que tienen a ser rechazados... A fin de cuentas, cuánto puede importarles el rechazo de una mujer que realmente no les importa gran cosa? Esto último es materia para otro post...en la lógica de las relaciones posmodernas, el rechazo es tratado como un objeto: me duele el rechazo en sí, descontextualizado, no el rechazo del otro, que pasa a ser un instrumento anecdótico; la cosa no tiene ya que ver con el otro y sí mucho conmigo. Narcisismo? Nah...)
A instancias del miedo al rechazo, de la educación recibida y un par de cosas más que ahora no recuerdo (cuac), los hombres sienten que tienen que caretearla, y en ese caretaje contínuo que suelen hacer en las relaciones (no diciendo lo que sienten, lo que les pasa de verdad) es cuando las posibilidades de algo que valga la pena se van al demonio. Las cosas que valen la pena nunca son careteables...o, como dijo Liniers en uno de sus lindos dibujos, cuando algo es lindo en serio no necesita marketing. Claro, que, como las estrellas que el dibujó, corre el riesgo de pasar desapercibido para todo aquel que no se detenga a observarlo. Saben qué es la belleza, al fin? Una cuestión de tiempo, en el amplio sentido de la palabra. Justamente de eso que hoy no tenemos...una lástima.
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